Decidido avancé directo a liberar a David. Me acerqué a la única puerta que nos separaba de él, la única barrera entre nosotros y el peligro que acechaba en el interior.

Con la pistola al frente, tomé aire y comencé a abrirla lentamente. El metal rechinó con un sonido agudo que se perdió en el silencio tenso del pasillo. A medida que la puerta se entreabría, una pestilencia insoportable emergió desde el interior, golpeándonos como una ola de podredumbre.

Casi nos hizo vomitar.

Me cubrí la boca y la nariz con el antebrazo obligándome a seguir. No había tiempo para flaquear. Frente a nosotros, una escalera metálica descendía hacia una oscuridad helada. Haugen tomó la delantera con su improvisado escudo de madera en alto. A medida que bajábamos la negrura se volvía más densa, sofocante, haciendo que cada paso fuera una apuesta a ciegas. El crujido del metal bajo nuestros pies parecía amplificarse en el silencio absoluto.

De repente, Haugen se detuvo, parecía haber recordado algo. Llevó la mano al bolsillo y sacó su viejo mechero, el mítico Zippo, aquel compañero inseparable de cualquier fumador empedernido. Con un chasquido la pequeña llama cobró vida, proyectando sombras inquietantes en las paredes oxidadas.

La tenue luz reveló el primer descansillo. Nos detuvimos allí, conteniendo la respiración. Los nervios hacían que la sensación de calor aumentara, que el sudor resbalara por nuestra frente nublándonos la vista, y que la ansiedad grupal aumentara como una presión invisible. El aire, cargado y viciado, impregnaba nuestra piel con una película pegajosa, secándonos la boca, como si la tuviéramos llena de tierra.

Esperamos un par de minutos, inmóviles, intentando captar cualquier anomalía en la penumbra del edificio.

Continuamos avanzando hacia David, seguíamos a Haugen, parecía saber la dirección correcta. Las escaleras terminaban en el vestíbulo de la entrada donde la luz del mechero ya no era necesaria, la luz del sol entraba por la cristalera de la entrada principal, iluminando una fosa común de cuerpos apilados unos sobre otros.

Haugen, en el vestíbulo, giró hacia la derecha pasando por encima de aquella masa de cuerpos. La sensación que me envolvió me hizo retroceder en el tiempo a un país lejano. Recordé una patrulla nocturna bajo un calor asfixiante, el sudor deslizándose por mi frente, pegajoso, incesante, mientras avanzábamos perdidos en la oscuridad. Sin percatarnos, nos adentramos en un cementerio local y, sin querer, profané con mis botas la tumba de alguien.

Esa misma sensación que ─no describiré─ me devolvió, durante unos segundos, a aquellos años en que era joven y despreocupado.

Ahora, de nuevo en el presente, encarábamos un pasillo largo, iluminado a tramos por las cristaleras intercaladas que dejaban entrar la luz tenue de la mañana, al fondo una puerta entreabierta, detrás de ella las celdas. Allí estaba David o eso creíamos. Mientras nos aproximábamos, un golpeteo metálico y constante resonaba en el aire, como si un alguacil golpeara cada barrote con un bastón.

Haugen, escudo en mano, avanzaba al frente, con los hombros tensos y la mirada clavada hacia adelante. Yo le seguía de cerca, con los ojos entrecerrados, apuntando con el arma, intentando enfocar entre la oscuridad de la puerta entreabierta, listo para anticiparme a cualquier desagradable sorpresa, Miguel cerraba nuestra formación, atento a nuestra retaguardia con su varilla corrugada en posición de pica. Nos detuvimos enfrente a la puerta en completo silencio, intentando adivinar a que distancia se encontraba el causante de ese sonido tan inquietante que disparaba nuestra adrenalina, haciendo que un sabor ácido invadiera nuestras papilas gustativas.

Con un leve toque en el hombro a Haugen, le indicamos que estábamos listos para entrar en la sala de las celdas. Avanzamos lentamente, procurando no hacer ruido alguno. Pero esa puerta de metal sin engrasar, desde hacía al menos veinte años, lanzó un chirrido agudo similar al de un gato enfadado, desbaratando la entrada sorpresa. La puerta desencadenó un fuerte gruñido que provenía de una de las celdas. Desde nuestra posición, pudimos ver unos brazos extendiéndose entre los barrotes, intentando agarrar cualquier cosa que se le cruzase por delante.

Durante un instante, nos quedamos paralizados. El tono de ese gruñido, áspero, pero con un timbre humano, nos hizo intercambiar una mirada cargada de duda. ¿Y si…? Miguel rompió el silencio:

– ¿David?

El nombre se nos quedó flotando en la garganta, como si decirlo lo volviera real. Haugen bajó ligeramente el escudo, momento en el que tomé la delantera, con la mirada fija en la celda.

– ¡David! ─repetí, esta vez con fuerza.

– ¿Eres tú?

Según me acercaba los brazos se agitaban con más violencia, arañando el aire, los alaridos inhumanos aumentaban. Entonces, por un segundo eterno, vi su rostro entre las sombras, sus ojos vacíos de razón lo decían todo. Estaba cubierto de suciedad, sangre reseca y heridas, pero…

– ¿Es él? ¿Es él? ─gritaba Miguel desde su posición rezagada.

– No… es un pobre diablo abandonado a su suerte ─dije mientras me acercaba con cautela hasta quedar al límite del alcance de sus manos.

Me mantuve en silencio, observándolo. Intentaba descifrar cualquier gesto, cualquier detalle que nos ayudara a comprender qué eran exactamente esas criaturas, aquellas que habían cambiado para siempre el rumbo de la historia de la humanidad.

– ¡Héctor! Tenemos que movernos. Con ese ruido vamos a atraer a más de esas cosas ─advirtió Miguel, sin apartar la vista de la puerta.

– Pásame la varilla ─respondí con voz seca─ Voy a encargarme de que deje de hacer ruido.

Agarré la varilla de las manos de Miguel. Pesaba más de lo que esperaba, fría, áspera, aún con tierra y llena de óxido. La sujeté con fuerza, como si apretarla calmara mis temblores. Respiré hondo, tragué saliva. Sabía lo que tenía que hacer, no había lugar a dudas en este mundo nuevo. Y, sin embargo, ahí estaban.

Me acerque un paso más. El ser, al otro lado de los barrotes, gruñía con un tono cada vez más agudo, como si presintiera lo que se avecinaba.

Levanté la varilla y, durante un instante, me pregunté ¿si aún quedaba algo vivo en él?… ¿Sí, en el fondo más profundo, comprendía lo que estaba ocurriendo?… O sí, en realidad, ya no quedaba nada; solo una carcasa vacía, sin alma, con los ojos huecos y sin rastro de humanidad.

Mientras chillaba con todas sus fuerzas e intentaba agarrarme, cerré los ojos y, con un golpe seco, le clavé la varilla en la frente, buscando desesperadamente su silencio.

Con ese golpe acabé con sus chillidos, se desplomó sobre el suelo de la celda, sin posibilidad alguna de volver a levantarse.

– Ahora también llevo yo uno ─dije, mientras intentaba recuperar la varilla, mirando a Miguel.

– Revisad el resto de las celdas ─ordené, sin apartar la mirada de esa cosa que acababa de atravesar la cabeza.

– David no está aquí. ¿Habrá escapado? ─preguntó Miguel, tocándome el hombro y sacándome de mi hipnosis necrótica.

– Estará escondido en algún lugar ─ afirmó, Haugen.

Conocía a David. Estaba en algún lugar, vivo, e intentando contactar con nosotros.

– ¿Qué harías si fueses David? ─pregunté, mirando a Miguel.

– ¿Yo…? Solo con todas estas… ─pensativo contestó Miguel─ Yo buscaría armas, o algo con que defenderme.

Miguel miró fijamente a Haugen, intentando trasmitirle por telepatía lo que él estaba pensando en ese momento.

– ¿Qué? ¿Qué pasa? ─preguntó Haugen, inquieto por no descifrar las palabras que salían de los ojos de Miguel.

– Tranquilo Haugen, lo que Miguel quiere decir es… ¿Sabes si hay armas cerca?  ¿Algún lugar donde armarnos?

“Si nos hiciéramos con armas… y algo de protección, tal vez podríamos encontrar a David. O al menos sobrevivir el tiempo suficiente para ello”, pensé.

Se hizo un silencio incómodo. Haugen bajó la mirada, reflexionó unos segundos y luego caminó hacia la puerta por la que habíamos entrado desde el vestíbulo. La abrió despacio, sin hacer ruido, y se giró hacia nosotros.

– Seguirme ─dijo con voz grave, casi susurrando─ En este edificio hay una pequeña armería… está en el ala opuesta. Pero debemos movernos rapido y en silencio.

Sin ningún sonido recuperamos la formación que nos trajo hasta las celdas, avanzamos en dirección al vestíbulo que fácilmente podríamos llamarlo fosa común.

En el trayecto de vuelta por aquel pasillo, mi mente se fue volando a los ojos verdes de Maite. Durante unos segundos, su recuerdo me hizo olvidar por completo el pequeño gran problema en el que estábamos metidos.

Mil preguntas cayeron de golpe en mi cabeza. ¿Estaría bien? ¿Seguiría viva? ¿Estaría con sus padres?  Además de esos ojos verdes que me perseguían en cada pensamiento, Maite siempre fue inteligente e intuitiva. Estoy seguro de que supo ver venir lo que estaba ocurriendo en el mundo. Quiero creer que está a salvo…que mis padres están con ella, refugiados en casa de los suyos.

Un golpe seco me arrancó de golpe de mi viaje sentimental, devolviéndome a la realidad.

Una de esas cosas nos había visto en el vestíbulo. Se lanzó contra la cristalera con una rabia propia de un loco escapado de un manicomio. Era un hombre enorme, vestido con traje de etiqueta. Le faltaba un brazo… o eso me parecía. Lo observé un instante, fascinado, mientras su cuerpo chocaba brutalmente contra el cristal, y nos miraba con esos ojos muertos como si fuésemos un pastel de chocolate.

Salimos corriendo, cruzando la fosa común, buscando a toda prisa la puerta del ala opuesta del edificio. Intentábamos no tropezar, sabiendo que un simple fallo podía ser el último. Al llegar al pasillo, cerramos la puerta tras nosotros justo cuando esa cosa la golpeaba con una furia que helaba la sangre. Pero esta si parecía aguantar.

– Z…Z…Z… ¡Zombi de mierda! ¡Joder, casi me da un infarto! ─grito Miguel, llevándose la mano al pecho mientras se apoyaba en la pared!

– Déjame que me ría un poco…─dije entre carcajadas mientras recuperaba el aliento─ Casi te muerdes la lengua diciendo “Zombi”. A partir de ahora los llamaremos “Zetas”, para que no te atragantes.

– Qué gracioso… Ahora vas a decir que no tuviste ni un poco de miedo en todo lo que llevamos de día ─replicó Miguel mientras se incorporaba, con gesto serio.

Antes de que pudiera contestarle, Haugen inquieto, interrumpió la conversación.

– ¡Eh! ─susurró en tono apremiante─ Hay alguien en la armería. Acabo de oír un armero golpearse.

Nos miramos los tres al instante. El ambiente cambio de golpe, como si el aire se espesara.

– ¿Uno de los nuestros? ─pregunté, apuntando el arma hacia la puerta de la armería.

– No lo sé ─negó Haugen con firmeza.

Miguel se despegó de la pared de inmediato, con la tensión reflejada en su rostro.

– ¿Y qué hacemos? ¿Entramos a lo loco a por él? ¿O lo esperamos aquí?

Inconscientemente retomamos la formación. Haugen al frente con el escudo, seguido de mí con la pistola, y Miguel a mi lado, empuñando la varilla corrugada. Todos en silencio, avanzamos mirando fijamente hacia la puerta entreabierta.

– Vale. Entramos, pero con cuidado. Si es uno de los nuestros, lo sabremos y si es un Zeta… que se prepare ─dije en voz baja.

Nos acercamos despacio, el corazón latiendo con fuerza. En mi cabeza solo podía imaginarme a otro Zeta lanzándose como un loco nada más cruzar la puerta.

– ¡Manos arriba! ─grité, al ver una sombra humana de espaldas a nosotros.

Alguien se giró bruscamente… y mi mundo se detuvo.

– ¿David…? ─murmuré, paralizado.

Allí estaba él. Vivo. Con aspecto cansado, lleno de polvo y con una ceja rota, pero sin heridas graves, sano pero confundido.

– ¿Qué coño…? ¿Héctor? ¿Miguel? Pensé que estabais muertos… o que os habíais ido sin mí.


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