El sol rompía el horizonte mientras Miguel permanecía de rodillas, lamentando nuestra situación. Yo, en cambio, no podía detenerme, mis piernas se movían más rápido que mi mente. Corrí por la azotea en busca de una salida, sintiendo cómo los golpes de esas cosas en la puerta hacían que acelerara el paso aún más. Miraba a mi alrededor, revisando cada rincón sin rumbo, sin lógica, impulsado solo por el miedo.
En una esquina, distinguí dos tubos estrechos que parecían formar parte del sistema de calefacción. Se extendían hasta el edificio donde estaba la celda de David, cruzando el patio que, por suerte, ahora estaba vacío de zombis. Todos estaban concentrados en la puerta, desesperados por alcanzarnos.
Después de comprobar que los tubos podrían soportar nuestro peso y sin pensarlo dos veces, grité a Miguel:
– ¡Deja de llorar y ven aquí!¡Rápido!
Sabía que era peligroso, pero también que era nuestra única opción de no ser el desayuno de esas cosas. Me acerqué a los tubos tanteándolos con las manos, no parecían demasiado frágiles, aunque no podía estar seguro de cuánto peso soportarían.
Miré a Miguel. Sus ojos seguían empañados de miedo, pero asintió. No había tiempo para dudas.
Respiré hondo y me subí al primer tubo. A gatas, comencé a avanzar sobre los tubos, sintiendo el metal frío bajo mis manos y rodillas. Cada movimiento era un desafío, cada crujido del óxido bajo mi peso enviaba un escalofrío por mi espalda. Miguel me observaba con los ojos bien abiertos, alternando su mirada entre mí y la puerta, donde los golpes seguían resonando, cada vez más frenéticos, como si supieran que no íbamos a ser parte de su menú.
El miedo se enredaba en mi pecho, comprimiéndolo, convirtiendo cada intento de coger aire en un esfuerzo. Mis sentidos se intensificaban, el olor a óxido y humedad de los tubos impregnaban mis fosas nasales, el viento fresco soplaba entre los edificios, y debajo de mí, el suelo que extendía como una trampa mortal. Mi mente perturbada por el pánico solo podía imaginar una caída directa sobre los trozos de cadáveres esparcidos por el patio.
Centímetro a centímetro, me acercaba al otro edificio. El final de los tubos parecía demasiado lejano, pero no podía detenerme. No ahora.
El crujido del metal bajo mi cuerpo paralizó mi corazón. Por un instante, estuve seguro de que ese era mi fin. La imagen de mi cuerpo desplomándose sobre los restos putrefactos del patio me golpeó con claridad aterradora.
Pero no fui yo. Miguel, consumido por el pánico, se había lanzado a los tubos como un hombre sediento se arroja a un oasis. Su brusquedad hizo temblar la estructura, y el crujir del óxido resonó en el aire como una advertencia.
Apreté los dientes y giré la cabeza justo a tiempo para ver la razón de su desesperación.
La puerta.
Los Zombis la habían roto. Las bisagras destrozadas colgaban torcidas mientras una masa de cuerpos sin vida se empujaba por el hueco, tropezando unos con otros, pero avanzando hacia Miguel.

Los ojos de Miguel estaban desorbitados, su respiración entrecortada, pero no dejaba de avanzar escapando de la muerte. Se arrastraba sobre los tubos a una velocidad que hacía chirriar la estructura con cada empujón.
– ¡No te detengas! ─grité, mi propia voz se mezclada con el rugido del viento y los gruñidos de los muertos.
Recuperé la postura y me impulsé hacia adelante con todas mis fuerzas. Ahora éramos el doble de peso sobre aquellos tubos corroídos, y solo podía rezar para que resistieran.
El edificio donde se encontraba David estaba cada vez más cerca. Solo unos metros más. Con el borde tan cerca que casi podía tocarlo, una mano se extendió hacia mí, ofreciéndome una salvación prematura. Sin dudarlo, la agarré, sintiendo la fuerza con la que me sostenía y me sacaba del vacío. Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento cuando me giré e hice lo mismo con Miguel, asegurándome de que cruzara antes de que fuera demasiado tarde.
Finalmente pisamos suelo firme, levanté la vista para ver a nuestro rescatador. Era un hombre, un militar noruego, con rasgos marcadamente nórdicos. Alto, de piel pálida y ojos tan claros que parecían casi transparentes. Su rostro estaba cubierto de sudor y sangre seca, dándole un aspecto espectral.
Por un instante, la imagen me confundió. Su traje táctico desgastado y su expresión seria hicieron que mi instinto gritara ¡zombi! el miedo reptó por mi columna y di un paso atrás, preparándome para lo peor.
– Soy Haugen ¿Están heridos? ─preguntó con acento noruego, mientras revisaba rápidamente nuestro estado.
Su voz era firme, autoritaria, pero no había amenaza en ella. Solo urgencia.
En la distancia, un crujido metálico sacudió el aire. Por un instante, habíamos olvidado la horda de zombis que nos perseguía.
Un coro de gruñidos y chillidos desesperados resonó tras nosotros mientras aquellas cosas intentaban seguir nuestros pasos. Sin la más mínima noción del peligro, se precipitaban al vacío uno tras otro, cayendo en una cascada grotesca de cuerpos desmembrados.
El impacto contra el suelo era seco, brutal. Una gran cantidad de ellos se amontonaba, formando una pila retorcida de extremidades rotas y torsos convulsos. Algunos aún se movían, arrastrándose sobre los cadáveres de sus semejantes, impulsados solo por un hambre insaciable.
Retrocedimos, y al sentirnos seguros, nos dejamos caer contra lo que parecía ser un aire acondicionado. Allí reconfortados por una frágil sensación de seguridad, Haugen nos ofreció una botella de agua.
– Soy Héctor, encantado. Gracias por ayudarnos ─dije mientras tomaba la botella y bebía un largo trago, sintiendo el frescor al recorrer mi garganta─ ¿Cómo estás Miguel?
Miguel me miró fijamente, con los ojos aún cargados de agotamiento.
– Estoy…que ya es bastante ─ respondió con una media sonrisa, antes de apoyar una mano en el hombro del noruego en señal de agradecimiento─ En serio, gracias.
Cada uno sumido en sus propios pensamientos, como si aquel instante de respiro nos permitiera asimilar lo que acabábamos de vivir.
Miguel suspiró, con la mirada perdida en el suelo.
– ¿Sabes? ─ dijo tras un largo silencio ─ Estar colgado de esos tubos me hizo pensar en ella… en Sonia.
Lo miré de reojo, dándole espacio para continuar.
– Hace años que se quitó la vida ─su voz sonaba áspera, como si cada palabra le raspase la garganta─ Se lanzó desde un puente. Decía que no podía más… que todo era demasiado. Yo intenté salvarla, pero… ─Su mandíbula se tensó y se pasó una mano por la cara─ A veces pienso que le falle, que no supe ver cuanto sufría.
Se quedó en silencio un momento, con los codos apoyados en las rodillas. Sus dedos se entrelazaban y apretaban con fuerza, como si tratara de contener algo dentro de sí.
– Y ahora…ahora tengo miedo a perder a mis hijos ─su voz tembló apenas.
Sabía lo mucho que significan sus hijos para él, lo mucho que había luchado para mantenerlos a salvo antes de que el mundo se fuera al infierno.
– No los abandonaremos ─dije, con más convicción de la que realmente sentía─ Vamos a regresar. Vamos a reunirnos con ellos.
Miguel asintió, sus ojos oscuros encendidos con una determinación feroz.
– No hay otra opción ─dijo─ Tenemos que volver los tres a casa. Rescatemos a David. Salgamos de aquí… como sea.
Necesitaba descansar, darle tiempo a mi mente a procesar todo lo ocurrido, que mis sentimientos volvieran a centrarse. En vente minutos casi muero dos veces, la verdad que habíamos tenido mucha suerte.
Una cosa hemos sacado en claro: los engendros mueren con un tiro en la cabeza.
– Haugen, ¿Qué diablos ha pasado aquí? Llevamos días sin saber nada.
– Sabíamos que un virus había llegado desde Estados Unidos a Europa estos últimos días, pero no estábamos preparados para su propagación tan veloz. ─contesto, con su marcado acento, intentando que lo entendiéramos─ Se cree que el virus surgió en Nueva York.
– ¿Un atentado? ─preguntó Miguel.
– No lo sabemos, lo único que sabemos es que es un virus que se trasmite por contacto con la saliva de un infectado, con el torrente sanguíneo de una persona sana.
– Entonces… hicimos bien en ponernos las sábanas. Parece que hay que ser mordido ─completé la conversación.
– Bueno, al menos sabemos lo más importante: esas cosas contagian mordiéndonos y nosotros podemos matarlas perforando su cabeza ─apuntó Miguel─ Yo ya llevo uno…
Me puse de pie y, desde mi posición, podía ver el cielo ennegrecido por el humo de los incendios. La base estaba infestada de esas cosas, miraras donde miraras, había alguna deambulando sin rumbo, un escenario digno de la portada de una película del fin del mundo.
Pero en medio de aquel caos, algo llamó mi atención. Un hangar, aparentemente intacto, resaltaba entre los escombros. Dentro de él, dos vehículos blindados permanecían estacionados, como si esperaran a sus tripulantes.
Fruncí el ceño, tratando de recordar. Parecían ser dos Dingo 2, son vehículos de reconocimiento altamente protegidos. Si todavía funcionaban, podrían ser nuestra mejor oportunidad para salir de este infierno.
– ¡Vamos a por David! ─ exclamé con determinación mientras ayudaba a Miguel a ponerse de pie.
– No tenemos más opciones ─dijo Haugen, con el rostro serio─ Debemos descender por las escaleras y llegar hasta su celda.
Nos miramos por un instante, conscientes de que no sería fácil. La tensión era palpable, y sin necesidad de palabras, cada uno buscó un arma digna de la situación.
Yo aseguré mi SIG Sauer en la mano, consciente de que la usaría solo en última opción, en la otra mano la porra extensible. Miguel se hizo con una barra de hierro corrugado, lo suficientemente pesada como para aplastar cráneos, Haugen por su parte, tomó una plancha de madera, improvisando un escudo rudimentario que podría marcar la diferencia en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Estábamos listos. O al menos, tan listos como podíamos estar.

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