Volábamos en un helicóptero rosa. Miguel y yo íbamos en la parte trasera mientras David pilotaba con una destreza que desafiaba toda lógica. Abajo, un paisaje surrealista, dinosaurios gigantes corrían despavoridos, perseguidos por gatos enormes que parecían sacados de un dibujo animado. Todo parecía tan absurdo como real, una mezcla imposible de colores, sonidos y caos.

De repente, una explosión ensordecedora sacudió la celda. En un parpadeo el helicóptero desapareció.

Desperté sobresaltado, jadeando, con el corazón latiéndome desbocado. El sudor me corría por la frente, y la espalda empapada como si acabara de salir de la ducha.

Solo era un sueño… ¿o no?

Aún intentaba asimilar donde estaba, tratando de convencerme de que solo había sido una pesadilla, cuando otra explosión iluminó la celda. Mi cuerpo entero se tensó entrando en modo alerta.

El estruendo de la explosión aún retumbaba en mis oídos, mi respiración rápida, algo estaba pasando fuera, algo que no podía ignorar.

Sin perder tiempo, me incorporé, agarré la cama oxidada que tantas horas me sostuvo en estos seis días de incertidumbre, y con todas mis fuerzas, la empujé debajo de la única ventana que había en la celda, subí en ella apresurado, apoyando las manos en el marco, y me asomé poco a poco con cautela.

Lo que vi afuera me hizo dudar de mi propia cordura. No era un campo de batalla. Era una masacre indiscriminada.

A lo lejos, soldados armados disparaban con desesperación contra algo que no debería existir. Desde mi posición lograba ver gente enloquecida, con la piel desgarrada, los ojos muertos, sin brazos, con las vísceras colgando, avanzaban sin miedo, sin dolor, los disparos de los soldados no les afectaban. Los disparos resonaban en todas direcciones, pero esas personas no caían. Algunos perdían extremidades y seguían avanzando, otros se lanzaban sobre los soldados y los despedazaban con una rabia indescriptible. La sangre brotaba en todas las direcciones, tiñendo la noche de rojo.

Un soldado corría hacia la pared donde estaba mi ventana y mientras gritaba, una criatura le arrancaba la mandíbula de un mordisco. Otro intentaba recargar su arma, pero una mano putrefacta lo sujeto del cuello y lo lanzo al suelo, sin tiempo a reaccionar, sobre él cayeron un puñado de esas cosas, haciendo de su cuerpo un plato comunitario.

No era una guerra, era el fin del mundo.

Mi mente luchaba por procesar lo que estaba ocurriendo. Todas las imágenes que habíamos visto en los últimos diez días ahora cobraban sentido: las cuarentenas en Estados Unidos, el vídeo caótico en la estación de tren, el policía disparando en pleno centro comercial, el barco misterioso en Lisboa…

Poco a poco el pánico se apoderó de mi pecho.

¿Un apocalipsis zombi? No…no puede ser…─murmuré, con voz temblorosa.

Los disparos en el exterior seguían, pero ahora eran intermitentes, esporádicos. Cada vez menos soldados, cada vez más gritos.

Y entonces, escuché algo más. Al fondo del pasillo, una puerta se abrió con un quejido metálico. Luego, pasos apresurados resonaron en la oscuridad, se acercaban a mi celda.

¿Zombis? ¿Soldados?

Mi mente gritaba que retrocediera, que me escondiera, el frío invadió mi cuerpo, pero el sonido de esos pasos eran diferentes. No eran erráticos ni torpes como los de esas cosas.

Entonces, una silueta apareció bajo la tenue luz de emergencia.

– ¡Miguel! ─ exclamé, agarrando los barrotes de la puerta que nos separaban.

Venía jadeando, con el rostro desencajado y la ropa manchada de sangre…pero estaba vivo. En su mano derecha temblorosa, un manojo de llaves sonaba como el sonajero de un bebe.

– ¡Vámonos! ─dijo, luchando por recuperar el aliento mientras metía la llave en la cerradura─ Un soldado abrió mi celda antes de que lo atraparan.

– Entra, estamos más seguros aquí que fuera. Cierra la puerta ─ le dije mientras abría la celda.

Miguel, apenas sintió la seguridad de los barrotes entre él y el caos del exterior, se desplomó. Su respiración se volvió arrítmica, entrecortada, sus ojos se movían frenéticamente, como si intentara procesar demasiadas cosas a la vez.

Miguel ¿Y David? ¿Dónde está? ¿Sabes en que edificio está?

Él jadeó, tratando de hablar, pero solo consiguió soltar un sonido ahogado. Su pecho subía y bajaba aceleradamente. Se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos con fuerza, murmurando algo ininteligible.

Estaba hiperventilando, parecía un ataque de ansiedad.

– Mierda… Miguel, escúchame ─dije, sujetándolo por los hombros─ respira conmigo. Lento, Profundo.

Afuera, los gruñidos se intensificaban y la luz de algún fuego cercano se incrementaba poco a poco.

Zarandeé a Miguel con fuerza.

¡Miguel! ¡Necesito que te centres! David necesita de nuestra ayuda.

Su mirada, nublada por el miedo, titubeó por un segundo. El nombre de David pareció sacarlo de su trance. Parpadeó varias veces, y sus labios temblaron antes de susurrar:

¿David…? Sí. Nos separaron hace tres días, después de la charla con Pedro, creo que está en el edificio de enfrente.

Necesitamos un plan ─dije, asomándome por la ventana.

Miguel tragó saliva, su respiración seguía agitada, pero asintió con un leve temblor en la cabeza.

– Sí… el edificio parece igual a este, así que hay que cruzar el patio central ─dije.

Eso era un problema. Desde la ventana, se veía el patio, era un espacio entre edificios, convertido en una carnicería. Soldados desmembrados, devorados por esas cosas, cuerpos en llamas y decenas de zombis deambulando entre los restos. Cruzar así sería un suicidio.

Antes de movernos, necesitamos algo con que defendernos ─dije, volteando hacia Miguel─ ¿Viste alguna armería o depósito de camino?

Miguel frunció el ceño, esforzándose por recordar.

Vi… un guardia muerto, en la entrada en la otra ala del edificio. Tenía una porra extensible…y creo que llevaba una pistola.

– Eso servirá de momento ¿Recuerdas cómo llegar? ─pregunté.

Miguel asintió con nerviosismo.

Sí, pero hay un problema…la puerta que separa el otro ala estaba entreabierta cuando pasé. No vi nada dentro, pero algo gruñó al otro lado.

No teníamos opción. Sí íbamos desarmados, no duraríamos mucho.

Decididos a salvar a David, rasgamos las sábanas de la cama y las improvisamos como una especie de armadura, envolviendo la tela alrededor de los brazos, el torso y cuello. No sabíamos si realmente nos protegería contra los ataques de esas cosas, pero era mejor que nada.

Trabajamos en silencio sin emitir el más mínimo ruido. Nos comunicamos solo con señas militares, interiorizadas durante años, capaces casi de tener una conversación fluida. La urgencia nos obligaba a ser precisos, a movernos con rapidez sin cometer errores.

Cuando estuvimos listos, nos miramos por última vez, asintiendo con un entendimiento mudo. ¡No había vuelta atrás! Salimos al pasillo principal, dejando atrás la aparente seguridad de la celda. Después de tantos días deseando escapar de aquel lugar frío y solitario, hoy nos encontrábamos en la aterradora contradicción de no querer salir.

Avanzamos hasta el final del pasillo, flanqueado por varias celdas vacías, aun lado y al otro, al final estaba la puerta por la que antes había entrado Miguel. Poco a poco abrí la puerta seguido de Miguel, ante mí se habría otro pasillo que olía a muerte. La sangre seca en las paredes como marcas de una masacre. En el suelo, charcos oscuros reflejaban el parpadear de un fluorescente haciendo aquel pasillo la estampa de una película de terror. El pasillo terminaba en una puerta abierta. Desde allí, se podía ver el vestíbulo del edificio. A la derecha una escalera estrecha, de apenas un metro de ancho, ascendía hacia la planta superior. Justo enfrente, a la puerta donde nos encontrábamos se hallaba el guardia.

Su torso colgaba en el marco, como si hubiera intentado cruzar y se hubiese desplomado a mitad de camino. Su parte superior estaba en el vestíbulo, mientras que su piernas seguían en la otra ala del edificio.

Le hice una seña a Miguel para que vigilara la escalera. Sin hacer ruido, avancé lentamente hacia el guardia.

Yacía boca abajo, su uniforme empapado en sangre, la porra extensible sobresalía de su cinturón y, en el lado opuesto una pistola SIG Sauer asomaba de su funda.

El guardia no tenía heridas visibles en la espalda, ni rastro de haber sido mordido. La sangre parecía provenir de su pecho… lo que lo mató, lo hizo de frente y no era un zombi.

Respiré hondo y extendí la mano hacia la pistola, manteniendo la vista fija en el peligro más cercano, que era la puerta entreabierta. Tomé la pistola, los dos cargadores y la porra extensible con cuidado asegurándome de que estuviera cargada y preparada para abrir fuego. Empuñarla causó en mí una fugaz sensación de seguridad, que no duraría mucho.

Justo cuando me disponía a incorporarme, un sonido desgarró el silencio. Un gruñido bajo, húmedo, y gutural. Mi mirada se disparó hacia el final del pasillo, más allá de la puerta entreabierta. Allí en la penumbra, algo se movía.

El parpadeo de la luz naranja del incendio que se extendía en el exterior iluminó un rostro desfigurado, su boca entreabierta, llena de dientes manchados de sangre, con restos de lo que parecía carne y sus ojos vidriosos me encontraron al instante.

Era una mujer, o lo que quedaba de ella. Su piel estaba desgarrada en el cuello, como si algo le hubiera arrancado un pedazo de carne. Uno de sus brazos colgaba de manera antinatural, con los huesos a la vista. Pero lo peor no era su aspecto, era la forma en que se lanzó hacia mí.

Un chillido animal salió de su garganta y en cuestión de segundos venía corriendo a toda velocidad, tambaleándose, chocando con las paredes, como la anciana del vídeo de Estados Unidos, sin tiempo a poder escapar, un grito de pánico escapo de mi garganta al tiempo que disparaba dos veces contra el hambriento engendro, pero no se detuvo. Sin dudarlo, se lanzó sobre mí tirándome hacia atrás y cayendo al suelo con esa cosa sobre mí. En un acto reflejo, le introduje la porra extensible en la boca, impidiendo que me mordiera. Su mandíbula se cerró con fuerza sobre el metal, y su aliento fétido me golpeó el rostro.

Los segundos se volvieron eternos. Forcejeé con todas mis fuerzas, tratando de mantenerla alejada, pero su peso y su fuerza eran abrumadoras. La pistola había caído al suelo, deslizándose lejos de mí.

Mis brazos comenzaban a ceder. Con su rostro deformado a centímetros del mío, el engendro gruñó con rabia de no poder morderme. Sabía que era el final.

Hasta que sonó un disparo y la cabeza de la criatura explotó en una lluvia de sangre y materia oscura. Su cuerpo sin vida cayó pesadamente sobre mí.

Jadeando, recubierto de sangre de zombi, miré a un lado y Miguel sostenía la pistola con ambas manos, temblando, con su rostro pálido y los ojos abiertos como platos.

Eso estuvo cerca… ─susurró, intentando recuperar el aliento.

Aún con el cadáver encima, mi mente apenas podía procesar lo cerca que estuve de morir. Pero no tuvimos tiempo para recuperarnos, el eco de los disparos se propagó como un grito de alerta en la noche. Un segundo de silencio absoluto y luego, en la oscuridad un ruido colectivo, ensordecedor empezó a sonar en todo el edifico.

Giré la cabeza y vi cómo una horda de zombis se lanzaba hacia el vestíbulo. Venían de fuera, atraídos por el sonido, decenas de ellos tropezando, chocando entre sí, pero con una única dirección: nosotros.

¡Mierda, vienen demasiados! ─gritó Miguel, dando un paso atrás.

Me deshice del cadáver de un empujón y agarré la porra extensible con fuerza.

¡Corre, por las escaleras! ¡Como nunca lo hayas hecho antes!

Nos lanzamos hacia la escalera, era nuestra única vía de escape. Miguel subió primero, saltando de dos en dos los escalones. Yo lo seguía de cerca, sintiendo el pánico apretándome el pecho.

Los gruñidos eran atronadores, y cada vez sonaban más cerca de mi espalda.

La horda entró al vestíbulo y, en cuestión de segundos, se arrojaron contra la escalera, chocando entre ellos, tropezando, cayendo y levantándose de nuevo con movimientos erráticos y gracias a que la escalera era estrecha, logró ralentizar el avance de la horda, dándonos unos segundos de margen.

Llegamos al final de la escalera a una puerta metálica de la azotea con todas nuestras fuerzas la empujamos, rezando de que se abriera.

Poco a poco la puerta oxidada de años sin uso comenzó a abrirse, dejándonos salir al aire frío de la noche y sin perder un segundo, la cerramos de golpe.

¡Trábala! ─grité.

Miguel y yo buscamos desesperadamente algo para bloquearla. Unos tubos oxidados y unas vigas sueltas de metal sirvieron para formar una barricada improvisada.

Los zombis llegaron a la puerta y empezaron a golpearla con furia, cada impacto hacia vibrar la estructura, cada golpe era un recordatorio de que estábamos atrapados.

Nos alejamos unos pasos, jadeando, observando cómo la puerta se abombaba con cada embestida.

Miguel se dejó caer sobre sus rodillas, pasando las manos por su cabello empapado en sudor.

Esto…esto no es posible…─susurró temblando─ estamos jodidos.

Tenemos que encontrar otra salida ─dije, con la respiración agitada─ y recuperar a David.


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Una respuesta a “Día 10, de Odisea.”

  1. Avatar de mariaglorianouveau
    mariaglorianouveau

    Tal cual parece una aventura pero para convertirla en película

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