La celda era pequeña, apenas cuatro metros de ancho por tres de fondo, con paredes de cemento frío y una reja metálica que separaba el interior, del pasillo. El suelo de concreto estaba sucio y rugoso, cada paso que daba resonaba con un eco hueco. Había una ventana llena de las mismas rejas metálicas, más larga que ancha, a una altura que si quisiera ver por ella tendría que subirme a la cama.

En la esquina, la cama tenía un colchón tan delgado que dormir sobre él era como acostarse sobre el suelo. No había mantas, solo una almohada plana. Contra la pared opuesta, un inodoro de acero sin tapa y un pequeño lavabo con agua helada completaban el mobiliario.

El silencio pesado interrumpido únicamente por el golpeo esporádico de las botas militares paseando por el pasillo, o el murmullo lejano de soldados conversando en un idioma que no entendía.

Dos días pasaron así, sin información, sin contacto con nadie, sin respuestas. La comida llegaba en bandejas de metal, deslizadas por una abertura en la puerta; una pasta insípida, un trozo de pan duro y agua tibia. Comía sin hambre, más por instinto que por necesidad. Los peores días de mi vida.

Al tercer amanecer, la rutina se rompió. El sonido de llaves girando en la cerradura hizo que levantara la vista.

– Get up. Move.

Me escoltaron por un pasillo estrecho flanqueado por ventanas a ambos lados. La luz del sol entraba de manera perpendicular, iluminando el corredor con un resplandor casi cegador. Tras días de penumbra en la celda, mis ojos eran hipersensibles a la claridad. Parpadeé varias veces, tratando de enfocar lo que tenía delante. Ante mí, se extendía una gran base militar en plena actividad, soldados moviéndose de un lado a otro, vehículos circulando entre barracones.

− ¿Qué hacíamos arrestados en una base militar? ─ el pensamiento se repetía en mi mente mientras me empujaban dentro de la sala de interrogatorios.

En el centro una mesa metálica reflejaba la tenue luz del techo. Al otro lado, un hombre vestido de civil me esperaba, con una expresión sería, su mirada fija en mí mientras me obligaban a sentarme. Sobre la mesa, un expediente grueso con mi nombre escrito en la portada.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, entrelazando los dedos sobre los documentos.

¿Por qué asesinaron tus amigos y tú a la pareja de canadienses? ─ preguntó con voz pausada, midiendo mi reacción.

Su tono era calculador, como si ya tuviera la respuesta y solo quisiera ver cómo me desmoronaba.

Incrédulo abrí la boca con intención de defender nuestra inocencia, pero en ese instante, la puerta de la sala se abrió de golpe.

¡Alto! ─ La voz resonó con firmeza en la habitación─ Soy Pedro López, abogado de Héctor, Miguel y David, enviado por la embajada española ─ dijo con tono desafiante ─ exijo una reunión en privado con mis clientes.

El interrogador frunció el ceño y su mandíbula se tensó, se levantó con lentitud, cerró el expediente y salió de la sala murmurando algo en noruego a los guardias que esperaban afuera. Su tono dejaba claro que no estaba de buen humor.

El silencio se extendió por unos segundos. Pedro me miró con los ojos entrecerrados y preguntó intentando adivinar mi nombre.

¿Tú eres…?

Héctor. ─ tragué saliva─ ¿Se nos acusa de asesinar a una pareja de ancianos? ─ pregunte alterado, con cara de preocupación.

Hola Héctor, mis disculpas por no haber venido antes. Vamos a esperar por tus amigos para poneros todos juntos al día.

El silencio se instaló en la sala, mientras que mis pensamientos al igual que todos estos días volaban inevitablemente hacia Maite. ¿Estaría preocupada por mí? ¿Sabría algo de lo que estaba sucediendo? Necesitaba escuchar su voz, saber que todo esto era una pesadilla de la que iba a despertar en cualquier momento.

De repente, el ruido de pasos apresurados y voces elevadas rompió el viaje de mis pensamientos.

¡Deja de empujarme! ¡Se andar pedazo de cerdo! ─ gritaba Miguel en el pasillo.

Era la primera vez que escuchaba su voz desde que nos separaron. Durante estos días de encierro, ni siquiera me había dado cuenta de cuanto lo extrañaba. Pero ese tono suyo tan inconfundible, me hizo recordar de golpe nuestros días en los campamentos, las risas compartidas, los kilómetros andados que ahora parecían lejanos.

Un segundo después, la puerta se abrió de golpe, Miguel y David fueron empujados dentro de la sala. Ambos tenían el rostro cansado, pero sus expresiones apagadas se iluminaron apenas me vieron.

¡Héctor! ─ gritaron mientras corrían a darme un abrazo.

El alivio momentáneo de vernos no duro mucho. Pedro se aclaró la garganta y, con tono grave nos llamó de vuelta a la realidad.

Escuchen con atención. La situación es mucho peor de lo que imaginan.

Ya sentados los tres con los ojos clavados en Pedro, llenos de preguntas, pero sin atrevernos a interrumpir, le dejamos que nos pusiera al día de todo lo sucedido.

Caballeros ─ comenzó Pedro, con una calma estudiada─ se encuentran en una cárcel militar al norte de Noruega, en la localidad de Narvik. Los acusan del asesinato de un matrimonio de ancianos canadienses.

El impacto de sus palabras fue inmediato. Miguel se inclinó hacia adelante, con incredulidad en su rostro.

¡Eso es imposible! nosotros no somos asesinos ─ dijo, mirándonos a David y a mí, como si necesitara ver su incredibilidad reflejada en nosotros ojos.

¿Nuestras familias? ─ intervino David, con su voz cargada de ansiedad─ ¿Saben lo que está sucediendo? ¿Han podido ponerse en contacto con ellas?

Pedro suspiró, tomándose un segundo antes de responder.

Lo hemos intentado, pero hasta ahora nadie ha respondido.

El aire en la habitación pareció volverse más denso. Algo no encajaba, Pedro no nos decía toda la verdad.

¿Cómo que nadie responde? ¿En tres días? ¡Imposible! ─ exclamé incrédulo mientras me levantaba, visiblemente nervioso.

Centrémonos en las acusaciones que os está haciendo el gobierno noruego ─ intervino Pedro, evadiendo deliberadamente las preguntas─ Se os acusa de asesinar a esta pareja.

Primero que nada, nosotros no tenemos nada que ver con eso. ¿Qué pruebas tienen contra nosotros? ─ preguntó David, con un tono que recordaba al de un detective de serie televisiva.

Solo cuentan con un par de testigos que dicen haberos visto discutiendo con ellos en un bar, y además asocian unas huellas de botas encontradas en el lugar donde estaban acampados los canadienses ─ comentó Pedro con seriedad.

Todos esos términos legales revotaban en mi mente sin lograr captar mi atención. Las palabras de Pedro se desvanecían mientras mi mente se aferraba a Maite, ¿Cómo es posible que no haya respondido el teléfono en tres días? ¿Estará enfadada por no saber nada de mí? ¿Las familias de Miguel Y David tampoco contestaron? La incertidumbre y la incredulidad me carcomía. Pedro nos oculta información, estoy seguro de ello.

¡Mira! ¡Cállate ya! ─ grité interrumpiendo al abogado mientras lo señalaba con mi dedo, temblando de rabia─ Cuéntanos todo lo que sabes sobre nuestras familias. ¡A mí no me engañas! ¡no es posible que nadie haya respondido las llamadas en tres días!

Pedro se puso de pie y no dijo ni una sola palabra. Comenzó a caminar por la sala, nervioso, rascándose el cuello como si la verdad lo asfixiará.

Escuchar bien lo que os voy a decir ─ dijo Pedro, haciendo una pausa incómoda que pareció eterna─ España entera no contesta.

El silencio se apoderó de la sala, casi se podía oír el latido de nuestros corazones.

¿Cómo que no contesta? ─ preguntamos al unísono con tono de pánico.

Si por mi jefe fuera, no estaría aquí. La embajada está colapsada de llamadas de españoles que no saben nada de España ─ contesto Pedro, con voz cargada de preocupación.

En ese instante, las imágenes de la estación de tren, el vídeo del policía, las noticias que Maite me contó sobre el barco en Lisboa… Todo se entrelazaba, como piezas de un rompecabezas, revelando una verdad que hasta ese momento me había negado a aceptar.

Tendríamos que haber abandonado Noruega días atrás ─ afirmé en voz baja, negando con la cabeza, sintiendo el peso de la culpa.

¿Por qué dices eso Héctor? ─ preguntó Miguel, posando su mano en mi hombro.

Porque lo que ha pasado en Estados Unidos está sucediendo en España… y nosotros aquí, sin poder estar con los nuestros. Por eso no contestan, ¿verdad Pedro? ─ pregunté, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

De pie al lado de la mesa, con las manos apoyadas sobre ella, Pedro alcanzó a coger una carpeta. Lentamente la abrió y sacó un sobre que parecía contener una gran cantidad de fotografías. Sin decir una sola palabra, esparció todas las fotos sobre la mesa.

¿Queríais respuestas? ¿Querías saber la verdad? Aquí tenéis toda lo que sabemos.

Recuerdo la primera fotografía que cayó en mis manos. En ella se distinguía claramente lo que parecía ser un cine o un teatro. El lugar estaba completamente lleno de cadáveres, cuerpos desmembrados esparcidos por doquier. Había personas de todas las edades, sus rostros congelados con expresiones de horror. La escena parecía recién sacada directamente de una película gore, pero demasiado real para ser ficción.

¿Qué es esto? ¿Qué sucedió? ¿Dónde es? ─ pregunté, atónico, mientras dejaba la foto encima de la mesa.

Eso…ocurrió hace tres días. Fue la última noticia de España. Desde entonces, toda Europa ha cerrado sus fronteras, excusándose en una pandemia ─ respondió Pedro mientras recogía lentamente las fotografías.

Esta imagen esta tomada desde un satélite. Parece Lisboa, está destruida, arrasada ─ confirmó Miguel, mientras devolvía la fotografía a su dueño.

Sí, creemos que en la península… todo comenzó ahí ─ añadió Pedro.

En mitad de la incertidumbre que apenas tuvimos tiempo de asimilar. La puerta se abrió de golpe y tres militares irrumpieron en la sala, tras ellos el hombre civil que antes intentó interrogarme y sin perder un segundo, señaló a Pedro con el dedo acusador.

Se acabó el tiempo. Vosotros…seguir a los soldados.

Nos tomó un tiempo reaccionar. Aún estábamos procesando las imágenes, intentando entender lo que acabábamos de ver. Ese instante de duda no pasó desapercibido para nuestros captores. Casi saltaron sobre la mesa para obligarnos a movernos.

Mientras nos empujaban hacia la salida, Pedro no dejaba de repetir, con una convicción desesperada:

Os sacaré de aquí. Solo unos días más. La embajada…la embajada… ¡Os ayudará!.

Sus palabras eran un intento desesperado por mantener la esperanza, pero había algo en su voz que sonaba a vacío forzado. Tal vez, en el fondo, ya sabía la verdad.

Nunca más volveríamos a saber de Pedro.

Otra vez en mi celda, el chirrido metálico de la puerta al cerrarse tras de mí resonó como un eco siniestro en el pasillo vacío. El frío del concreto traspasaba mis botas mientras me dejaban sólo con mis pensamientos.

Las horas pasaban lentas, las imágenes de aquellas fotografías seguían rondando por mi mente. Cada vez que cerraba los ojos, volvían con más fuerza, más nítidas, como si hubiera quedado tatuadas en mi memoria. Y entre esos recuerdos su rostro. Maite, ojalá me hubiera hecho caso y se fuera a casa de sus padres.

El recuerdo de su sonrisa desafiaba el frío y la oscuridad de la celda, sus ojos llenos de vida y esperanza hacían que dentro de mi estomago naciera una necesidad incontrolable de verla. ¿Dónde estaría ahora? ¿Estaría bien? ¿Habría visto lo mismo que yo, o peor aún, sería parte de aquellas imágenes que no podía olvidar? Me llevé las manos a la cabeza, sacudiéndola, tratando de acallar el ruido en mi mente, pero era inútil. Las fotografías y el recuerdo de Maite se entrelazaban, difuminándose en una espiral de miedo y culpa.

Solo, en esa celda fría y oscura, el 11 de julio del 2023, me hice una promesa que se grabó en mi alma: ¡volvería a casa! No importaba cómo, ni cuanto tiempo tardara, ni a que me enfrentara durante el camino, pero volvería a ver a Maite.


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Avatar de Berto Vázquez

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Una respuesta a “Día 7, de Odisea.                                                                             ”

  1. Avatar de mariaglorianouveau
    mariaglorianouveau

    Sabe a poco cuando está interesante la cortas sigue que está bien

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