– Al fin hablamos, ¿Estáis bien? ─ preguntó Maite con tono de angustia─ te he llamado un montón de veces y me daba apagado.
– Siento no haber podido contactar contigo y avisarte de que todo iba bien, pero no hemos tenido cobertura en todo este tiempo ─respondí afligido mientras rascaba la corteza de un árbol con una piedra─. No sabemos el porqué de la falta de cobertura estas últimas 24 horas. Realmente no hemos estado muy alejados de la civilización.
– Creo… saber por qué no habéis tenido cobertura ─dijo Maite con un aire enigmático ─ Ayer, en el telediario dijeron que un par de satélites de comunicaciones americanos, cayeron en el mar de Barents.
– Pues eso daría explicación a la falta de cobertura ─dije, intentando convencerme a mí mismo─ ¿Qué tal todo por casa? ¿Cómo estás tú?
La verdad que pasar tanto tiempo sin saber de ella y mi familia me llenaba de angustia, después de tantas veces fuera de casa sin saber de la familia, tuvo que haberme causado un trauma o algún TOC emocional.
– Pues no te voy a engañar, estamos muy preocupados. El problema en Estados unidos no deja de salir en todos los programas, dicen que hay varias ciudades cerradas, y que en muchas de ellas que se ha perdido la comunicación ─ explicó Maite, con evidente preocupación.
– ¿No han dicho las causas de esas cuarentenas? ¿Es un nuevo brote del Coronavirus? ─pregunté, mientras me acercaba a David y Miguel para que escucharan la conversación.
David y Miguel desayunaban junto a un nuevo fuego de campamento. Sentados, removían el café mientras me lanzaban preguntas con muecas, como si temieran ser culpables de romper el hilo de la conversación.
– ¿Qué pasa? ¿Coronavirus? ─pregunto Miguel, moviendo los labios sin articular un sonido…
Antes de poder responder a Miguel con los labios como previamente había hecho él, Maite que seguía al teléfono conmigo lanzó otra noticia al aire, con un tono cargado de inquietud.
– Dicen que enfrente a Lisboa hay un barco de contenedores a la deriva. Sí, viene de Estados Unidos, y ninguna autoridad quiere acercarse. Al parecer, nadie contesta en el puente, creen que está relacionado con lo de las cuarentenas. Eso han dicho en el telediario.
Fruncí el ceño mientras David y Miguel me miraron de reojo, atentos a mi expresión.
– ¿Un barco de contenedores? ¿En Lisboa? ─ repetí, incrédulo.
– Sí. Pero, escucha, aquí en España la gente está tranquila. La vida sigue igual, como si no pasara nada. Yo estoy un poco nerviosa, pero quiero que sepas que todo está bajo control. Seguir con el camino. Si algo cambia, si las cosas se ponen feas, yo te aviso. ─ dijo Maite, intentando tranquilizarme.
Su intento, no tuvo el efecto que esperaba.
– Maite, si te sientes nerviosa, si no te convence lo que está pasando… escucha mi consejo. Coge unos días de vacaciones y vete a casa de tus padres. Quédate allí hasta que tengamos más noticias de lo que realmente está ocurriendo.
Hubo un momento de silencio al otro lado del teléfono, como si estuviera procesando lo que acababa de oír. Respondió con voz dubitativa.
– No sé… igual tienes razón. Lo pensaré.
– Por favor, no te lo pienses mucho. Hazlo cuanto antes. Mientras tanto nosotros vamos a decidir qué hacer ─ dije, intentando desprender seguridad.
– De acuerdo ─dijo Maite, mientras se le escapaba un suspiro.
Cuando colgué, guardé el teléfono y levanté la mirada hacia David y Miguel. Ambos parecían esperar una explicación, pero también pude ver la inquietud en sus rostros.
– ¿Qué pasa? ─preguntó David.
– Maite no está tranquila, y yo tampoco lo estoy del todo, respondí.
Después de repetirles toda la información que me había trasmitido Maite, y de que su nivel de inquietud subiera y se pusiera a la par que el mío, Miguel tomando un sorbo de café.
– ¿Entonces? ¿Nos quedamos aquí o seguimos?
– Primero terminemos el café. Luego decidimos ─respondí intentando relajar el ambiente.
La conversación me había dejado pensativo, pero el café comenzaba a hacer efecto. Sin decir nada, me levanté, disculpándome con un gesto, y me dirigí al “baño” improvisado que ofrecía la naturaleza.
Mientras caminaba entre los árboles, con el aire fresco de la mañana rozándome el rostro, traté de ordenar mis pensamientos. Envié a Maite a casa de sus padres, ¿buena decisión? La casa de los padres era perfecta para resguardarse de cualquier crisis mundial. Ya durante la pandemia, nos hizo reflexionar sobre lo perfecta que era para resguardarnos de la civilización.
Situada a las afueras de un pequeño pueblo, cerca de la ciudad de Pontevedra, la casa estaba en lo alto de un bosque. Totalmente cerrada con muros de piedra de unos tres metros de altura, solo un camino de un carril conducía hasta ella, finalizando justo en su entrada. Las ventanas del primer piso tenían rejas, como tantas casas típicas de Galicia. Además, contaba con un gran invernadero donde el padre de Maite cultivaba de todo tipo de hortalizas y criaba muchos animales de granja. Cada vez que visitábamos a sus padres, mi mente y mi imaginación divagaban sobre las posibilidades que esa casa daba en caso de una crisis mundial.
Sin embargo, creyendo que el problema del bienestar de Maite ya estaba cubierto, me enfoque en mi propio camino. Las noticias eran extrañas, pero en el fondo todo parecía estar bajo control. Los aeropuertos en España seguían abiertos, y Noruega tampoco daba señales de alarmas. Tal vez Maite estaba exagerando, dejándose llevar por el pánico de los rumores. Me convencí de que no había motivo para cambiar nuestros planes.
Tras terminar de “mandar un burofax”, así era una de las múltiples maneras que llamábamos en el ejercito al ir al baño, volví al campamento, David y Miguel seguían en la misma posición, mirándome con curiosidad mientras me acercaba.
– Bueno, chicos ─ dije, mientras me servía el segundo café─ creo que debemos seguir adelante.
David levantó una ceja.
– ¿Seguro?
– Seguro, los aeropuertos siguen funcionando, la vida no se ha detenido. Creo que lo mejor es no dejarnos llevar por rumores. Seguimos con nuestros planes ─respondí, mientras le agarraba el hombro a David y lo miraba a los ojos intentando persuadirlo.
Ambos asintieron, aunque David no parecía del todo convencido.
– Pero ─añadí, levantando un dedo ─ ¿hemos venido tan lejos para ahora abandonar? Pensar todas las horas que estuvimos planeando este viaje.
Tras un breve silencio, fue Miguel quien rompió la tensión con su tono despreocupado, que lo caracteriza.
– Continuemos, si en algún momento recibimos noticias preocupantes de España, o de aquí, nos cogemos dirección al aeropuerto y nos vamos para casa.
David parecía reflexionar sobre esas palabras, pero al final asintió.
– De acuerdo.
– Ahora antes de recoger el campamento y continuar, quiero que hagáis algo ─dije mirando a ambos─ Llamar a casa. Avisar a la familia que estén atentas a las noticias, que no dejen pasar nada por alto. Y, sobre todo que, si ven algo raro, nos avisen enseguida.
Miguel asintió de inmediato, sacando su teléfono.
– Buena idea ─dijo─ Más vale prevenir.
David, aunque más reservado, terminó por asentir también.
– De acuerdo. Llamaré a mis padres.
Mientras ellos se ocupaban de sus llamadas, me quedé observando el fuego que aún crepitaba, con la sensación de que, aunque las cosas parecían bajo control, una parte de mí seguía alerta, esperando lo inesperado.
Cuando terminaron sus llamadas, recogimos nuestras pertenencias y nos pusimos en marcha.
A partir de esa mañana, el ambiente del viaje cobro un sabor rancio, acompañado de una preocupación constante sobre la noticias de casa.
La mañana se alargaba interminable, al igual que los kilómetros que se extendían frente a nosotros, como si el camino nunca fuera a terminar. El bosque, sumido en una espesa niebla matutina, parecía un mundo aparte, misterioso y ajeno. La bruma, tan densa como un manto, envolvía todo a su alrededor, provocando una perdida visual considerable. Por momentos, la sensación de soledad era abrumadora, como si el resto del mundo hubiera desaparecido, dejando solo el crujir de la hojas húmedas bajo los pies y la fría humedad en el rostro. Por instantes, parecía que avanzabas completamente solo, perdido en un “sueño eterno”.
Con el paso de las horas, la bruma comenzó a disiparse, revelando el cielo azul. Poco a poco, ante nosotros, se alzó la imagen de un pueblo típico noruego, enclavado junto a la orilla de un lago, que parecía ser el responsable de haber retenido aquella niebla.
El hambre, que nuestro estomago demandaba, hizo que aceleráramos el paso, sin siquiera darnos cuenta de ello, lanzándonos en busca de un bar, donde saciar el instinto primitivo más antiguo del ser humano.
Al llegar, descubrimos en las afueras de el pueblo un aparcamiento abarrotado de caravanas, donde destacaba, en el centro, un pequeño puesto de comida rápida. Nos miramos, y sin necesidad de palabras, nuestras piernas se encaminaron hacia allí, obedeciendo al llamado de nuestros estómagos vacíos.
Sin que Miguel y yo nos diéramos cuenta, David ya nos había sacado una buena ventaja en dirección a nuestro objetivo.
– ¿David? ¿Qué tienes, prisa? ─ gritó Miguel mientras ponía la manos en la boca en forma de megáfono─ es verdad, este está loco con las autocaravanas.
– Sí, ya sabes que las autocaravanas son su perdición ─confirmé, las palabras de Miguel.
– A mí me dan igual la autocaravanas o lo que sea…Me voy a comer. David que haga lo que quiera ─dijo Miguel, avanzando hacia el puesto de comida, con la mirada fija en él.
El olor que emanaba el puesto de comida nos llegaba desde 50 metros de distancia. Era un aroma tan intenso que inundaba nuestras fosas nasales, haciendo que la boca se nos llenara de saliva, al punto de dificultarnos hablar con claridad.
Hamburguesas completas, bocadillos calientes de ternera, perritos recién hechos, sándwiches y demás “superalimentos” componían el tentador menú.
Miguel llegó al puesto de comida con la decisión de un hombre hambriento y pidió lo primero que vio en el menú: una hamburguesa completa, acompañada de patatas fritas y una bebida. Mientras tanto, yo me tomé un segundo para observar el lugar. Era un pequeño carrito ambulante, con una parrilla humeante y el característico sonido del aceite burbujeando. El hombre tras el mostrador, de manos rápidas y rostro curtido, parecía llevar años dando de comer a un millón de viajeros.

David apareció poco después, un poco apurado con cara de tener cosas que contarnos.
– ¿Os acordáis de la pareja de canadienses que hablamos hace unos días? ¿Eran George…? ─ preguntó, mientras el olor a comida parecía bloquear cualquier esfuerzo de su cerebro por recordar el nombre completo de los canadienses.
– ¡Ellen! ─ completé su pregunta ─ Sí ¿Por qué?
– Pues resulta, que días atrás, los encontraron sin vida en su tienda ─respondió, señalando con el dedo al menú del puesto de comida, como si la noticia no fuera nada interesante.
Miguel seguía completamente concentrado en su hamburguesa, pero levantó la vista un momento, haciendo señales de sorpresa con los ojos, aunque sin detener su mandíbula.
– ¿Un oso? ─ pregunté, intentando obtener más información.
– No, según los de las autocaravanas, dicen que fue un robo ─ respondió David, mientras buscaba la cartera en el bolsillo.
– ¿Un robo? Eso suena raro. ¿Qué iban a robarles a unos canadienses en una tienda de campaña? ¿Jarabe de arce? ─ bromeé, aunque la preocupación era evidente en mi voz.
La conversación se fue silenciando al ritmo de nuestros bocados, y el silencio se adueñó del lugar donde disfrutábamos de nuestra comida.
Una vez satisfecho nuestros instinto más primario, recogimos y comenzamos a caminar de nuevo, dejamos el pequeño carrito atrás y retomamos el camino hacia el lugar donde íbamos acampar. El camino se alejaba del aparcamiento y del pueblo, era un sendero tranquilo, rodeado de árboles altos cuyas ramas se mecían suavemente con el viento. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un cálido naranja. El aire fresco parecía limpiar poco a poco el olor de la parrilla del puesto de comida rápida.
Después de varias horas sin descansar, haciendo kilómetros.
– ¿Cuánto falta para llegar? ─ preguntó Miguel mientras ajustaba la mochila sobre sus hombros.
– No mucho, tal vez unos veinte minutos si seguimos a este ritmo─ respondí, consultando el mapa.
El sendero se estrechaba poco a poco, y el crujido de nuestras pisadas sobre las hojas secas era el único sonido que rompía el silencio. Incluso Miguel, normalmente lleno de comentarios, permanecía inusualmente callado.
De repente, un ruido distante rompió el silencio. Al principio era un zumbido lejano apenas perceptible, pero se fue intensificando rápidamente. Nos miramos, sabiendo exactamente de qué tipo de sonido se trataba.
– ¿Un helicóptero? ─ preguntó Miguel, entrecerrando los ojos hacia el cielo.
Antes de que pudiésemos reaccionar, un par de fuertes explosiones nos hicieron saltar. Mientras aún estábamos cegados por culpa de varias granadas aturdidoras, una voz firme y autoritaria resonó desde el helicóptero a través de un altavoz.
– ¡Atención! No se muevan. ¡Van a ser arrestados! ¡Permanezcan quietos y con las manos en alto¡
Mientras la voz seguía sonando, de entre los árboles emergieron varias figuras vestidas con uniformes militares y bien armadas. Nos rodearon antes de que pudiéramos procesar lo que estaba ocurriendo.
– ¡Police! ¡To the ground! ¡To the ground! ─ gritaban al unísono los militares.
En cuestión de segundos, nos habían esposado y comenzaban a trasladarnos a través del bosque. Sobre nuestras cabezas, el helicóptero seguía sobrevolando en círculos, dando cobertura y vigilando cada movimiento del grupo. Caminamos en silencio. Gracias a nuestra experiencia, sabíamos que aquel no era el momento adecuado para forcejear o hacer preguntas.
Cada paso resonaba entre los árboles, mientras las linternas de los soldados dibujaban círculos intermitentes alrededor del grupo, buscando posibles amenazas en la oscuridad. La tensión era palpable. La noche ya había envuelto por completo el bosque, sumiéndolo en una oscuridad apenas rota por unas luces a lo lejos. Frente a nosotros, un claro iluminado revelaba la silueta del helicóptero, que ahora reposaba en tierra, esperando para trasladarnos.

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