6:25 AM.
Cuando desperté, la luz del amanecer ya se filtraba entre las ramas dibujando un sinfín de sombras en la lona de mi tienda. Me senté lentamente, sintiendo aún el peso de la noche en mis hombros. Pero entonces me llegó un aroma que me hizo sonreír, café recién hecho.
Salí del saco y abrí la tienda, allí estaba David, inclinado sobre una pequeña fogata improvisada. Una sartén vieja traída desde España descansaba sobre las brasas, mientras él, colocaba con cuidado unas rebanadas de pan de molde sobre la sartén para tostarlas.
– Buenos días dormilón ─dijo con una sonrisa, sin siquiera mirarme. Estaba demasiado concentrado en no quemar las tostadas─ ¿Café?
– Por supuesto ─respondí acercándome y frotándome las manos.
El frío de la mañana seguía presente, pero la vista del desayuno y el olor del café hacían que todo pareciera mucho más soportable.
David me tendió una taza de metal con café humeante y una tostada apenas dorada, pero perfectamente cálida. Me senté junto a la fogata, disfrutando de aquel simple, pero reconfortante desayuno mientras el sol seguía subiendo, iluminando poco a poco nuestro campamento.
– ¿Oíste algo anoche? ─pregunté sin poder contenerme.
David levantó una ceja, y luego sonrió.
– Sí, claro. Un oso, probablemente. Pero no pasó nada, así que mejor disfruta del desayuno y no lo pienses demasiado.
Su calma me sorprendió, pero al mismo tiempo me tranquilizó.
– ¿Escuchasteis lo mismo que yo esta noche? ─ gritó Miguel sobresaltándonos mientras abría la cremallera de la tienda. Su expresión estaba marcada por una mezcla de alarma y curiosidad─ Estoy seguro de que era un oso.
La tranquilidad de la mañana se rompió con su tono estridente, pero a la vez nos sacó una sonrisa. Miguel siempre tenía esa habilidad de exagerar y dramatizar cualquier situación, aunque es esta ocasión no estaba del todo equivocado.
– Buenos días, Miguel. Sí, creemos que era un oso ─respondí, llevándome la taza de café a la boca─ Pero estamos fuera de peligro. Ya se fue, así que relájate.
Miguel frunció el ceño, claramente no tan convencido como nosotros.
– ¿Hay café…? ─pregunto con entusiasmo, olvidando por un momento su preocupación─ No hemos traído ningún repelente ni nada para mantenerlos alejados.
David se rio entre dientes, dándole una palmada en el hombro mientras volteaba las tostadas en la sartén.
– No haría falta repelente si tú dejaras de oler a esa colonia barata que usas ─ bromeó y añadió con tono tranquilo─ Tranquilo Miguel. Yo tengo repelente, lo compré en Oslo.
Miguel se dejó caer en uno de los troncos que usábamos como asiento, mirando al fuego y alzando las manos hacia el calor.
El aroma del café, el crujido de las tostadas y la suave luz del sol filtrándose entre los árboles, revotando contra el estanque transformaron aquella mañana en algo especial. Por un instante, los pensamientos de la noche anterior y los temores quedaron atrás. Éramos solo nosotros, disfrutando de un desayuno sencillo, pero reconfortante.
Desmontamos el campamento y dejamos el lugar como si nunca hubiéramos estado allí. Es algo que aprendimos en el ejército, respetar la naturaleza y dejar el lugar como nosotros quisiéramos encontrarlo.
Hoy me tocaba ser el orientador del grupo, un rol que siempre se me ha dado bien, podría decir que casi de forma innata. El recorrido del día partía desde el estanque hasta las afueras de la localidad de Dal. Abrí el mapa, estudié el recorrido y considerando la distancia perdida del día anterior, calculé que deberíamos recorrer unos 40 kilómetros para poder recuperar lo perdido.
Comenzamos la segunda jornada con buen ánimo y energía. Tras un desayuno reparador, avanzábamos despreocupados, dejando atrás cualquier rastro de temor gracias a David y a su repelente de osos. El sol nos mantenía optimistas dibujando el camino, sin embargo, en mi mente las imágenes de la estación de tren seguían rondando. Aunque nadie las mencionaba, su presencia flotaba en el ambiente del grupo. Personalmente, me habían impactado profundamente y no podía sacármelas de la cabeza. El temor de que algo más grande pudiera suceder, sumando al hecho de estar aislados en Noruega, no dejaba de inquietarme. No obstante, decidí guardar silencio y no compartirlo con David y Miguel para no romper el buen ambiente que habíamos logrado mantener.
Nos sumergimos en el viaje, rodeados de un paisaje de ensueño, como aquellos que tantas veces habíamos visto en revistas o fotografías. Pero esta vez no era una imagen estábamos allí. Cada uno de nosotros, absorto en sus pensamientos más profundos, dejaba que los kilómetros fluyeran con facilidad, como si el esfuerzo físico desapareciera frente a la majestuosidad del entorno. Los Kilómetros más sorprendentes y bellos que hasta la fecha nuestras piernas habían caminado o corrido. Cada paso ayudaba a olvidar la espalda mojada de sudor, la molesta doblez del calcetín que nos acompañaba desde hacía horas, o el dolor constante de hombros.
Recuerdo ese día con claridad, avanzábamos por un camino que serpenteaba entre bosques densos. En una curva del sendero, si mirabas hacia abajo, se desplegaba ante nosotros un gran valle profundo, cubierto con un manto de árboles verdes y puntiagudos, como si fueran un millar de espectadores alzando las manos en un concierto. Al final del valle, el paisaje se abría para revelar un lago azul cielo, cuyas aguas reflectaban cada árbol que lo rodeaba. En él, varios barcos de recreo se deslizaban con calma, completando una postal de ensueño. Llevábamos ya encima una buena sudada, y aquel lago despertaba un deseo irresistible de desviarnos del camino y sumergirnos en sus aguas frescas. Pero el tiempo perdido por la “distracción” de Miguel aun pesaba en nuestra planificación, así que, con un suspiro compartido y miradas nostálgicas hacia el lago, seguimos avanzando. No había más opción que continuar.

Después de toda la mañana caminando, finalmente llegamos a un pequeño pueblo que parecía casi olvidado por el tiempo. El nombre ni siquiera aparecía en el mapa, y las pocas casas dispersas, de paredes blancas y tejados desgastados, parecían resistirse a la modernidad. No había mucha actividad humana, salvo por un bar diminuto que destacaba por un viejo letrero de madera colgado sobre la puerta, y en el cual decidimos entrar.
El interior del bar era acogedor y sencillo, con mesas de madera desgastadas y una luz tenue que contrastaba con el calor abrasador de afuera. Pedimos unas cervezas para refrescarnos, y mientras esperábamos, nos dimos cuenta de dos ancianos sentados en una mesa cercana. Eran diferentes al resto de los pocos parroquianos locales, vestían ropa de senderismo igual que nosotros y las dos grandes mochilas que estaban a su lado los delataba. Uno de ellos, con una barba blanca bien cuidada y una gorra de Canadá, nos saludó con un gesto de la mano y un caluroso:
– ¡Hola, amigos! ¿También caminantes?
Nos acercamos, intrigados por el inusual encuentro, y descubrimos que eran peregrinos como nosotros. Se llamaban George y Ellen, una pareja de jubilados de Canadá que había decidido emprender esta travesía como una forma de celebrar sus 50 años de casados. Aunque su español era limitado, logramos mantener una conversación entre risas, gestos y frases a medio construir.
– ¿Españoles? ¿De dónde? ─dijo George, mientras nos apretaba la mano de uno en uno.
– Los tres de Galicia, ¿Conoces? ─ contestó Miguel mientras nos sentábamos con ellos.
– No, conocemos Barcelona, ¿Muy lejos? ─respondió Ellen, mientras nos observaba.
– En la otra punta de España ─respondí ─ ¿Y qué hacen aquí?
– Es nuestro… ¿Cómo se dice? ¿aventura? —dijo Ellen, sonriendo ampliamente mientras alzaba su cerveza.
– Eso es —le respondí, levantando mi vaso para brindar con ellos—. Una gran aventura.
Nos contaron cómo habían iniciado su viaje en un país que les resultaba completamente ajeno, desafiando su edad y las limitaciones del idioma.
– “La naturaleza no necesita palabras,” dijo George, encogiéndose de hombros mientras describía lo mucho que estaban disfrutando de los paisajes.
Por nuestra parte, compartimos algunas anécdotas de nuestra travesía, incluida la noche anterior, con sus inquietantes ruidos nocturnos.
La charla fluyó durante un buen rato, y por un momento olvidamos el cansancio acumulado en nuestros pies. Era extraño cómo, en medio de la nada, las conversaciones con desconocidos podían sentirse tan cercanas y significativas. Antes de despedirnos, George nos ofreció un consejo:
– Caminen lento, disfruten del camino. No importa cuándo lleguen.
Pagamos nuestras cervezas y nos despedimos de ellos con un apretón de manos y sonrisas. Mientras salíamos del bar y retomábamos el sendero, no pude evitar pensar en la fuerza y determinación de aquella pareja, recordándome que el viaje no era solo físico, sino también emocional.
Mientras avanzábamos por el sendero, el sonido de un mensaje entrante interrumpió el silencio de la caminata. David sacó su teléfono con curiosidad y, tras unos segundos, su expresión cambió drásticamente. Lo vi fruncir el ceño mientras leía, y aunque intentaba disimularlo, algo en su rostro me hizo detenerme.
– ¿Todo bien? —pregunté, tratando de mantener un tono tranquilo.
David levantó la mirada, pero no respondió de inmediato. Volvió a leer el mensaje, como si quisiera confirmar lo que decía antes de decirlo en voz alta. Finalmente, respiró hondo y habló:
– Es un mensaje de Miriam. Parece que han cortado los vuelos a Estados Unidos… dice que es por una emergencia nacional.
Su voz, aunque calmada, cargaba una nota de alarma que no pasó desapercibida. Miguel, que venía un poco más atrás, se acercó al escuchar las palabras de David.
– ¿Emergencia nacional? ¿Qué tipo de emergencia? —preguntó Miguel.
– No lo sabe. Me dice que en España no hay información clara. Las noticias no dicen nada concreto, solo que algo grande está pasando —añadió David, mostrando la pantalla de su teléfono como si eso pudiera dar más claridad a la situación.
Por un momento, nadie dijo nada. La tranquilidad que habíamos construido desde la mañana parecía tambalearse como un castillo de naipes. Mi mente comenzó a correr a toda velocidad. ¿Qué podría ser tan grave como para paralizar los vuelos? ¿Una amenaza terrorista? ¿Una catástrofe natural? Pero la falta de información lo hacía todo peor; era como estar atrapados en una burbuja de incertidumbre.
– ¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Miguel, rompiendo el silencio.
– Por ahora, nada. Seguimos avanzando —respondí, intentando sonar firme, aunque no estaba seguro de si era la decisión correcta.
Nos encontrábamos en medio de la nada, aislados del mundo, y la idea de que algo tan grande estuviera sucediendo allá fuera solo aumentaba la sensación de vulnerabilidad.
David guardó su teléfono, pero su expresión seguía siendo sombría. El buen ambiente que nos había rodeado hasta hace unos minutos parecía haberse desvanecido por completo, reemplazado por un pesado manto de preocupación. Las imágenes de la noche anterior volvieron a mi mente, mezclándose con esta nueva incertidumbre. Y aunque intenté convencerme de que todo estaría bien, una parte de mí no podía dejar de preguntarse si lo que estaba sucediendo allá fuera, nos alcanzaría aquí, en este rincón perdido de Noruega.
Las noticias que habíamos recibido nos dejaron sin ganas de avanzar. Aunque intentamos apartar los pensamientos de nuestras cabezas, era como si la incertidumbre se hubiera instalado en el aire, pesando sobre nosotros. Decidimos parar para comer; era la hora, y nuestros cuerpos pedían un descanso. Sin embargo, a pesar de estar juntos, apenas cruzamos palabras. El silencio reinaba entre nosotros, interrumpido solo por el sonido de los cubiertos y el suave murmullo de las hojas al viento.
Cada uno estaba atrapado en sus pensamientos, rumiando la información que habíamos oído. La noticia sobre la emergencia nacional, el aislamiento, y el hecho de no saber qué estaba sucediendo en el mundo parecían alimentar una inquietud que no podíamos verbalizar. Comimos rápido, más por necesidad que por disfrute, y retomamos el camino sin mucho ánimo, con el silencio como nuestro fiel compañero.
La tarde se deslizó casi en cámara lenta, con cada paso cargado de esa atmósfera pesada. Apenas hablamos, y cuando lo hicimos, fue solo para señalar algún desvío en el sendero o preguntar por el agua. La majestuosidad del paisaje a nuestro alrededor intentaba reclamar nuestra atención, pero nuestros pensamientos estaban en otra parte.
Finalmente, al caer la tarde, encontramos un lugar donde montar el campamento. Era una pequeña colina despejada, rodeada de árboles bajos que ofrecían cierta protección contra el viento. Desde allí, se desplegaba una vista impresionante, un pueblo cercano empezaba a encender sus luces, salpicando de cálidos destellos la oscuridad. Detrás del pueblo, las montañas se alzaban majestuosas y sus picos acariciados por los últimos rayos de sol.
La imagen era tan serena y perfecta que, por un momento, todos nos detuvimos a observarla. El cansancio, la preocupación y el peso de las noticias parecieron diluirse, aunque fuera brevemente, ante aquella estampa digna de ser capturada en la memoria.
– Bueno, al menos tenemos esto para terminar el día —dijo Miguel finalmente, rompiendo el silencio con una sonrisa tenue.
Asentimos en silencio y empezamos a preparar la cama. Mientras la hacíamos, sentí que aquella vista era un regalo, un recordatorio de que, aunque el mundo estuviera al borde del caos, todavía quedaban rincones de belleza pura que ofrecían refugio, al menos por una noche.
Nos fuimos a dormir contemplando las luces del pueblo y las sombras de las montañas, con la esperanza de que el día siguiente trajera algo de claridad, o al menos, algo de paz.

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