Kalbakken, 3:50 AM.
El mes de Julio en Noruega trae consigo un fenómeno conocido como Sol de Medianoche, los días son extremadamente largos, el alba comienza alrededor de las 4:00 AM y el ocaso no llega hasta pasadas las 22:30. Este margen de luz era perfecto para nuestra aventura, dándonos la oportunidad de aprovechar cada hora al máximo.
Madrugamos siendo aún de noche, incluso Miguel hoy salió de la habitación al mismo tiempo que David y yo. Todo estaba listo para la primera jornada, caminaríamos 35 kilómetros desde Stovner hasta las afueras de la cuidad de Klofta.
Cada uno asumió un rol, mientras Miguel se encargaba de asegurarse de que no nos perdiéramos, David se concentraba en mantenernos motivados, y yo disfrutaría del momento sin preocuparme demasiado por el itinerario.
El primer desafío del día no tardó en aparecer. Bajar las escaleras del hotel con nuestras mochilas a la espalda, que pesaban más de lo esperado, fue una prueba de equilibrio y paciencia. Los crujidos de la madera resonaban de manera inquietante, como si cada peldaño estuviera al borde del colapso. Internamente, recé porque aquellas escaleras aguantaran un último esfuerzo y nuestra aventura no terminara antes de empezar.
Ya en el camino, comenzamos a caminar en busca de esa sensación de amnesia que hace que los problemas personales se disuelvan a cada paso que dábamos. La tan deseada paz espiritual que habíamos empezado a buscar desde la misión en África, comenzó a colarse entre la incertidumbre y la emoción del inicio. La sensación de alegría, mezclada con nerviosismo, llenaba el aire mientras nos abríamos paso por las calles sombrías, aún mojadas por el rocío de la noche.
Respirábamos profundamente un aire frio y húmedo típico del norte, hacía que no pudiéramos vocalizar con claridad, así que individualmente decidimos guardar silencio y que cada uno gestionara sus sentimientos como creyera necesario. Así paso a paso, avanzábamos en nuestra búsqueda de lo salvaje.
Llevando 5 kilómetros recorridos, pasamos por un bar que estaba abierto. Decidimos hacer nuestra primera parada para desayunar, recolocar el equipo y usar el baño, ya que no sabíamos cuando volveríamos a tener la posibilidad de sentarnos en un retrete nuevamente. Allí, disfrutando en silencio de un café caliente, nuestras miradas se dirigieron a la televisión, donde nuevamente aparecían noticias de Estados Unidos.
– ¿Pero vamos a ver que está sucediendo en Estados Unidos? ¿Otra vez una matanza? Esta vez parece un centro comercial, de Pittsburgh en Pensilvania. ─dijo David sorprendido.
– Ahora mismo voy a buscar una noticia en Castellano, que no nos enteramos de nada.
Tras unos minutos buscando, encontramos más información sobre los ataques en Estados Unidos.
– ¡Lo tengo! Aquí dicen que los dos ataques no tienen relación alguna, pero salen imágenes de cómo están prendiendo fuego al centro comercial. ─explico David, mientras leía la noticia en voz alta.
– ¡Vídeo! ¡Vídeo! ─dijo Miguel todo entusiasmado, mientras se inclinaba hacia el móvil de David.
El vídeo que encontramos era impactante. En Estados Unidos las cámaras corporales son obligatorias para los policías en intervenciones, y este vídeo provenía de una de ellas. En las imágenes, se podía ver a un agente avanzando por uno de los pasillos vacíos de un centro comercial. Había un silencio inquietante, roto por el eco de sus pasos. A medida que avanzaba las imágenes mostraba cuerpos sin vida en el suelo. Tras unos minutos el agente continúa su recorrido, y de repente al final de un pasillo aparece una mujer de avanzada edad llena de sangre. Su andar era rápido pero tambaleante, como si estuviera ebria.
En el vídeo, se escuchaba cómo el agente le daba el alto varias veces, pero la mujer no respondía. La mirada de la anciana era fija y vacía resultando inquietante. Como bien se sabe, en Estados Unidos los agentes no dudan en usar su arma si sienten una amenaza inminente. Sin más, el agente abrió fuego. La pantalla se volvió negra justo después, sin dar más contexto de lo que ocurrió.
– ¿Qué cojones acabamos de ver? ¿Una anciana ha hecho una matanza? ─preguntó David, sorprendido y visiblemente desconcertado.
– Todo es posible en el país de Hollywood. ─respondí intentando aliviar un poco la tensión.
– Yo creo que no es eso… algo no me gusta. Los estadounidenses son los padres de las conspiraciones. ─dijo Miguel todo profundo.
– Ya estás Miguel, siempre con tus conspiraciones. No empecemos, que nos quedan muchos días juntos para que nos rompas las cabeza. ─dijo David echándose la mochila en la espalda con un gesto decidido.
– Hacedme caso, algún día me daréis la razón. ─insistió miguel mientras ajustaba su equipo.
Aquella conversación, o más bien discusión, nos acompañó durante un par de horas mientras avanzábamos por el camino. Los kilómetros se deslizaban bajo nuestros pies, y sin darnos cuenta nos adentrábamos en uno de esos bosques Noruegos, donde los imponentes árboles parecían susurrar grandeza y paz. El aire era fresco y húmedo, cargado de aroma terroso de la tierra y el perfume sutil de las flores silvestres. Sentíamos que algo o alguien nos observaba, que el bosque nos estudiaba, como si fuéramos intrusos en su reino. Buscábamos precisamente eso, la sensación de estar perdidos sin realmente estarlo, de ser libres y recuperar esa conexión olvidada con la Naturaleza. En esta época en que la tecnología domina nuestras vidas, esa conexión primitiva con la Naturaleza se desvanece con facilidad. Queríamos escapar de todo, reducir nuestras preocupaciones personales al mínimo, encontrar dónde dormir y pensar qué comer. Tantos días en África llenos de estrés, donde incluso olvidamos pensar en nosotros mismos, y a veces hasta en la familia, ansiábamos volver a conectar con nuestro yo ancestral.
Pasamos horas caminando en silencio, manteniendo una distancia natural entre nosotros, cada uno perdido en sus propios pensamientos buscando la soledad tan regenerativa que siempre era imposible tener en el estrés de la sociedad actual.
Tras varias horas de andadura y discusiones intermitentes, llego el momento inevitable de hacer una pausa. Miguel en su rol de guía para la primera jornada, era quien marcaba el ritmo.
– ¿Miguel una parada para comer? me lo está gritando mi estómago. ─dije con tono medio en broma, medio en serio.
– Si, opino lo mismo. Busquemos un buen sitio. ─añadió David frotándose la barriga con cara de hambre.
– Vale, vale, buscaré un sitio digno para vosotros. ─respondió Miguel mientras desplegaba el mapa con aire de confiado.
Sin embargo, su expresión cambió de repente, pasando de seguro a preocupado.
– ¡Ups! Creo que… ─dijo Miguel alargando la frase de forma inquietante.
– ¿Qué crees? ¿Qué pasa? ─pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
– ¿Nos hemos perdido? ─pregunto David.
– Ya sabía yo que no tenías que empezar de guía. ─dije con voz de soberbia.
Nos habíamos desviado varios kilómetros de nuestro camino principal. Miguel era bueno en muchas cosas, pero la orientación con un mapa no era una de ellas. Aun sabiéndolo, cometimos el error de dejar que fuera nuestro guía.
– Tranquilos y mirad lo que hay ahí delante ─dijo miguel con un aire de orgullo, señalando al frente.
– Bueno, “no hay mal que por bien no venga”. Al menos encontramos un lugar bonito para comer. ─añadió David, resignado pero animado.
Frente a nosotros, en medio del bosque, se abría un claro. Los rayos del sol penetraban entre las hojas, reflejándose en las aguas tranquilas de un estanque, rodeado de una suave alfombra de hierba.
Allí instalamos el camping, y nos dispusimos a cocinar con los hornillos que llevábamos. Cada uno preparó su comida: David optó por espaguetis a la boloñesa, Miguel abrió una lata de fabada que había traído desde España, y yo me decidí por un arroz tres delicias. Todo esto acompañado de un postre común para todos, una manzana.
Mientras la comida se hacía, Miguel, aún intrigado por lo que habíamos visto en el vídeo del Policía, buscaba ansiosamente un lugar con cobertura para investigar más sobre lo sucedido.
David y yo sentados alrededor de los hornillos dejando que el sol nos calentara los dedos entumecidos y secara un poco los calcetines húmedos. Mientras tanto, nos poníamos al día de la familia.
– Cuéntame, ¿de cuantos meses está embarazada Miriam? ¿Qué tal está? ¿Cómo lo lleva? ─pregunté con un tono curioso como si fuera un detective.
– La verdad que lo lleva muy bien, si no fuera así no estaría aquí. ─dijo David con una sonrisa de ilusión.
– ¿Y tú con Maite como os va? A la vuelta me la presentas; quiero saber quién fue capaz de atraparte. ─Preguntó David.
Antes de que pudiera responder, Miguel irrumpió corriendo hacia nosotros gritando.
– ¡Madre mía! ¡No os vais a creer lo que acabo de encontrar en internet! ─grito Miguel mientras agitaba el móvil en el aire.
Se acercó tan rápido que casi desparrama toda la comida por la hierba.
– ¡Miguel! ¡Ostia! ¡Con cuidado! que casi tiras con toda la comida. ─le regañé levantándome de golpe.
– ¡Lo siento! ¡Lo siento! Pero no vais a creer esto. Mirarlo vosotros mismos. ─dijo Miguel sin dejar de jadear, mientras extendía el móvil hacia nosotros.
Era un vídeo de seguridad de una estación de tren, en la información del vídeo decía: “Estación de Tren Pittsburgh en Pensilvania”, la misma ciudad del otro incidente. En él, se podía observar perfectamente uno de los andenes lleno de pasajeros con sus maletas.
– Miguel aquí no se observa nada, es un andén normal y corriente eso sí, lleno de gente que parece tener prisa. ─dijo David poniéndose de pie.
– Cállate y observa, mira más adelante ─interrumpió Miguel agarrando a David de un brazo y haciendo que se sentase.
Pasados unos segundos del vídeo, se podía apreciar cómo la gente empezaba a gritar y a correr en todas las direcciones, sin que quedara claro el motivo. El caos se apoderó del lugar, las personas se empujaba unos a otros, pisoteándose sin ninguna compasión. Estábamos viendo una estampida, una reacción humana instintiva provocada por el miedo más puro. Era sobrecogedor ver como el pánico hacía perder la humanidad.
En la parte superior derecha del las imágenes, se podía distinguir una tienda de suvenires aparentemente cerrada. Uno de sus laterales tenía una gran cristalera, y digo era, porque dos personas a gran velocidad, pero tambaleándose como si estuvieran ebrias, se lanzaron directamente contra la cristalera. El impacto fue tan fuerte que rompieron el vidrio, cayendo al interior de la tienda junto a una chica rubia y alta que parecía haberse refugiado allí.
– ¿Qué acabamos de ver? ¿Qué hacen esos dos lanzándose contra esa chica? ─pregunté, incrédulo y con la voz cargada de confusión.
– Retrocede… ¿Qué acaba de pasar? ─añadió David igualmente desconcertado.
– No, luego lo volveréis a ver, continuar mirando que hay más ─ordenó Miguel.
Seguimos atónicos viendo el vídeo, y las imágenes se volvían aún más misteriosas e inquietantes.
Los dos individuos que atravesaron la cristalera se abalanzaron sobre la chica. Mientras ella yacía en el suelo, parecía que la estaban golpeando y desgarrando su ropa al mismo tiempo. Sus movimientos eran erráticos, casi inhumanos, lo que hacía aún más aterradora la escena. Desde nuestra perspectiva, no era posible distinguir lo que estaba ocurriendo en el suelo de esa tienda, pero el horror era evidente. Nadie acudió en ayuda de esa pobre chica. Las demás personas parecían demasiado ocupadas intentando escapar para detenerse a socorrerla.
– ¿Nadie va a ayudar a esa pobre chica? ─preguntó David, rabioso.
De repente, en el andén, irrumpen a toda velocidad varias personas que, ebrias como los dos anteriores, se lanzan encima de los rezagados de la estampida y comienzan a agredirlos. Sin embargo, más bien parece que intentan morderlos. Mientras sus víctimas se arrastran por el suelo, la escena empieza a cobrar un tono gore. Las imágenes no permiten distinguir bien a los atacantes, pero parecen estar llenos de sangre como si ya hubieran atacado antes a más gente.
El vídeo finaliza con esas imágenes tan horrorosas como intrigantes, no sabíamos exactamente que estaba sucediendo en Estados Unidos, pero era a lo poco, preocupante.
Decidimos que cada uno llamara a su familia para buscar información de como estaban en España y si sabían más de la noticia.
No había diferencia horaria con España. Eran las 18:50 y Maite ya había salido de trabajar hacía rato; probablemente estuviera en el sofá descansando.
Después de varios tonos, finalmente respondió.
– ¡Hola, señorito! Que alegría que me llames. ¿No me ibas a escribir que no había cobertura? ─ dijo Maite sorprendida.
Escucharla como de costumbre, alegre y despreocupada, me tranquilizaba y restaba importancia a la notica de la estación de tren.
– Hola, princesa. Sí, es asombroso, pero aquí, en medio de este bosque, he encontrado un poco de cobertura. ─ respondí.
– ¿Cómo vais en la primera jornada? ¿Alguna disputa entre el matrimonio? ─ preguntó Maite, con una leve risa sarcástica.
– Bien, bien. Vamos despacio y sin altercados. Hemos visto unas noticias un tanto preocupantes de Estados Unidos ¿Qué sabéis ahí de esto? ¿Salió algo en las noticias? ─ pregunté con voz de preocupación.
Maite guardó silencio por un momento, lo qué me puso un poco nervioso. Finalmente, respondió con un tono más serio:
– Si, algo he oído en las noticias, pero no le presté mucha atención. Hablaron de disturbios, y de una ciudad cerrada, creo que, por los mismos disturbios, ¿por qué lo preguntas?
Le expliqué lo qué habíamos visto en el vídeo. El tono alegre de Maite desapareció por completo.
– Eso no suena a simples disturbios. Aquí no han dicho nada tan alarmante… pero voy a buscar más información. ¿Estáis bien ahí? ─ preguntó Maite un poco preocupada.
– Aquí todo perfecto. Investiga sobre la noticia y mañana me cuentas cuando te llame o te escriba, ahora nos vamos a comer que se nos hizo muy tarde ─ dije con voz seria.
– Hasta mañana señorito. Pásalo bien ─dijo Maite, despidiéndose con tono de tristeza.
Dirigiéndome al lugar donde montáramos nuestra cocina de campo, a lo lejos escuchaba a David y Miguel hablando, eso significaba que ya habían hablado con sus familias.
Llegué junto ellos y me senté. Cogí mi arroz tres delicias, que ya estaba frío, como recién sacado de la nevera, y me dispuse a disfrutar de mi comida o mejor dicho cena. La verdad que tenía mucha hambre y aunque estuviera frío el arroz y un poco duro, me estaba entrando como un plato digno de Estrella Michelin. Mientras saboreaba la delicia que tenía entre manos, David y Miguel me observaban como si les hubiera robado la comida, con una mezcla de asombro e incertidumbre.
– ¿Pero vamos a ver? ¿Estás de broma? ─ dijeron los dos casi al unísono, pareciendo un coro bien ensayado.
– ¡Oye!… Tranquilos. ¿Qué os pasa? ¿Os he robado la comida? Tranquilos… ─ respondí, intentando comprender que estaba ocurriendo.
– Cuéntanos ¿Qué te dijo Maite? ¿Qué sabe de la estación de tren? ─ preguntó Miguel todo apurado.
– ¿A ver, no hablasteis con la familia? ─ pregunté, asombrado. Maite no sabe nada solo que hay una ciudad cerrada en Estados Unidos.
– No pudimos hablar con nadie, yo no tuve cobertura y a David nadie le respondió ─ respondió Miguel.
Pensándolo tranquilamente, con el estómago lleno, sí que es un poco preocupante que haya una ciudad cerrada en Estados Unidos, así comienzan todas las películas o series apocalípticas.
– ¿Cómo? ¿Una ciudad cerrada en Estados Unidos? estos ocultan algo, para cerrar una ciudad tiene que ser algo muy grave ─ dijo Miguel con tono conspiranoico.
– Por una vez te tengo que dar la razón, es muy extraño que cierren una ciudad por disturbios. ─ confirmó David con tono preocupado.
– Es muy raro, pero en casa no está pasando nada, ni en las noticias nacionales le dieron importancia, así que nosotros, a lo nuestro. ─dije, mientras lavaba los cubiertos, intentando rebajar la tensión que el vídeo había intensificado.
– Bueno, quizá estamos exagerando la situación, los americanos siempre son unos intensos. ─ dijo David, siguiéndome la corriente.
Siendo ya tarde, decidimos montar las tiendas de campaña junto al estanque, encender una hoguera y pasar la primera noche de nuestra aventura allí. Era un buen lugar para pernoctar, ya que al día siguiente recuperaríamos los kilómetros que Miguel nos había hecho perder.
Después de que cada uno montara su tienda, extendimos los sacos de dormir y acomodamos las almohadas. Luego nos dispusimos a instalar unos bancos alrededor de la hoguera, creando un espacio cómodo para conversar a la luz del fuego. ¿Quién no ha sentido alguna vez la hipnosis del fuego? El sonido del crepitar de la madera despierta un eco primitivo que parece conectar con algo profundo dentro de ti. El calor que emana se siente como un abrazo distante, y el aroma ahumado despierta recuerdos que no sabías que tenías. Todo esto convierte el lugar, aunque temporalmente, en un hogar.

Yo ya me encontraba sentado, mirando fijamente las llamas mientras mis pensamientos divagaban hacia Maite, mi familia y lo que estarían haciendo a estas horas del día, y en lo que nos depararían estas tierras noruegas.
– ¡Listo!… todo preparado: calzoncillos y calcetines limpios ─ anunció David en voz alta, mientras se cerraba la chaqueta y se sentaba a mi lado.
– ¡David! No me des esos sustos. Estaba de lo más tranquilo, hombre─ respondí, llevándome la mano al pecho.
Entre tanto, entre los árboles, en medio de la oscuridad, vimos moverse una sombra conocida, era Miguel siempre con su estómago a vueltas.
– ¡uf!… Qué bien me quedé. Ahora sí estoy preparado para meterme en el saco ─ dijo mientras se acercaba a nosotros, enrollando el papel higiénico.
Despreocupados del mundo, pasamos varias horas conversando bajo el cielo estrellado, dejando que el tiempo fluyera sin prisas. Cada palabra y risa se mezclaban con el sonido del bosque. Finalmente, el momento exacto para disolver la tertulia llegó cuando vimos a Miguel juntando la cara con las rodillas; se había quedado dormido sentado.
Ya dentro del saco, mientras intentaba dormir, las imágenes de la estación y de aquella gente no me abandonaban. Sus rostros, la incertidumbre en sus miradas, todo parecía cobrar vida en mi mente. “¿Y si son Zombis? ¿Y si un apocalipsis ocurre mientras estamos aquí? ¿Qué pasaría con mi familia? ¿Maite…?”
Los pensamientos, intensos y desordenados, parecían no tener fin, como si el silencio de la noche amplificara mis temores. Cerré los ojos con fuerza, intentando escapar de aquella maraña de inquietudes.
Finalmente, el agotamiento me venció, y mis pensamientos se desdibujaron mientras caía en un sueño profundo. Pero la tranquilidad duró poco. Un sonido grave y seco, como el crujir de ramas pesadas, me despertó de golpe. Abrí los ojos de inmediato, y mi corazón empezó a latir con fuerza. Contuve la respiración, intentando escuchar mejor.
El ruido volvió, esta vez más cerca. Era un gruñido bajo, gutural, que parecía venir de las sombras justo detrás de las tiendas. Por un momento, pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada, pero entonces escuché el sonido inconfundible de algo husmeando entre los arbustos. Mi piel se erizó, un oso, tenía que ser un oso.
Apenas me atreví a moverme. No quería hacer ruido ni alertar a la criatura de mi presencia. Giré la cabeza lentamente hacia el lado contrario del ruido. No sabía si David y Miguel se percataran de nuestro visitante. Durante unos minutos que parecieron eternos, el animal siguió olfateando y moviéndose, mientras mi mente repasaba todas las historias de encuentros con osos que había escuchado. Finalmente, el ruido se desvaneció en la distancia. Quizá había encontrado algo más interesante que explorar.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo y me recosté de nuevo, con los músculos tensos y el corazón todavía acelerado. Cerré los ojos, tratando de convencerme de que el oso ya no era una amenaza, y poco a poco el sueño me reclamó una vez más.

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