– “Pues al fin aquí, buen tiempo, mejor compañía y todo el camino por delante” ─dije con entusiasmo mientras bajamos del taxi.
Después de hacer escala en Ámsterdam y cinco horas de vuelo, un trayecto en taxi de 40 minutos y una caminata de 10 minutos, llegamos a nuestro destino: un hostal que habíamos dejado en manos de David para reservar, el último que le dejamos, ya que deja mucho que desear como alojamiento. La entrada del lugar ya daba señales del abandono, los cristales de la puerta estaban rotos, y los huecos habían sido “reparados” con unos cartones.
-¿Es en serio, David? ─preguntó Miguel mientras observaba el lugar con incredulidad.
Entramos. El recibidor desprendía un olor difícil de describir, una mezcla de humedad, madera vieja y algo que podría ser comida rancia. La recepción estaba atendida por una anciana que parecía no haber visto un rayo de sol en años y que se movía con la parsimonia de quién no tiene apuro alguno en la vida, vestida con un mandilón de cocinar o limpiar que parecía no haber tocado el agua desde el día que se compró. Sobre el mostrador un viejo mantelo de crochet servía más como decoración que como elemento funcional. Pero bueno, al final, era parte de la experiencia, ¿no?

Mientras David se peleaba con el idioma tratando de registrarnos, yo me paré delante de un televisor que emitía un noticiario local noruego. No entendía ni una palabra, pero las imágenes hablaban por si solas. El titular mostraba un colegio estadounidense y aparentemente, una masacre. Todo muy confuso hasta que aparecieron dos hombres vestidos con trajes de protección biológica.
Extrañado, llamé a Miguel para que se acercara.
–Vaya noticia más extraña, ¿Qué habrá pasado?
–Parece que están hablando de una matanza en un colegio… pero ¿Por qué esos tipos están vestidos así? – respondió Miguel mientras rascaba la cabeza buscando sentido a lo que veíamos.
–Venga, que ya está todo arreglado, habitación treinta y tres – dijo David con un suspiro después de haber discutido con la anciana.
Era el primer día de nuestra aventura, y ya la realidad perecía tan surrealista como la propia idea del viaje. Nada nos preparaba para lo que vendría después.
Subimos unas escaleras tan estrechas que apenas podíamos pasar con las mochilas. Los peldaños de madera crujían bajo nuestros pies, como si estuvieran a punto de desmoronarse dando la sensación de que esas escaleras se caerían antes que el propio hotel. Cuando finalmente llegamos a la habitación y nuestras sospechas se confirmaron, la habitación no era mejor que el resto del hotel.
La habitación estaba equipada con tres literas de hierro oxidado, un baño tan diminuto que parecía diseñado para un experimento social. De hecho, la ducha estaba colocada de tal manera que podías estar sentado en el retrete y ducharte al mismo tiempo, eso contando que alguien quisiera hacer eso alguna vez.
– “Nunca más dejo a David escoger donde dormir” ─pensé dejando escapar un suspiro.
–¿Cuándo escogiste dónde dormir? ¿miraste las fotos y las reseñas de internet, David? ─pregunté, cruzado de brazos y con una ceja levantada.
–A ver, si… pero… a lo mejor no reparé mucho en las imágenes del anuncio ─respondió David mientras rebuscaba en su mochila, claramente evitando contacto visual.
–Yo no diré nada, ─intervino Miguel con una sonrisa sarcástica─ que luego llevo yo las culpas de la discusión.
Aunque el lugar no era lo que esperábamos, decidimos resignarnos. Estaríamos allí dos noches, lo justo para ultimar los preparativos antes de arrancar con lo que habíamos bautizado como nuestra “búsqueda de lo salvaje”.
A pesar de todo, no podíamos evitar reírnos de la situación. Este lugar, con todas sus deficiencias, sería el primer escenario de nuestra gran aventura. Y quién sabe, quizá más adelante lo recordaríamos con cariño, como una anécdota divertida para contar entre amigos.
Esa misma tarde salimos por el barrio de Stover, situado en las afueras de Oslo, desde aquí comenzaríamos nuestro camino. Antes de comenzar, teníamos que hacer varias compras, ya que nos faltaba un gran número de materiales que no podíamos llevar en el avión debido a las restricciones, como las bombonas de gas para los hornillos. También adquirimos alimentos suficientes para cinco días, anticipándonos a las zonas donde no podríamos avituallarnos fácilmente. Por mi parte, no quise arriesgarme y compré una batería externa adicional para cualquier imprevisto.
Todos llevábamos lo esencial para vivaquear: tiendas de campaña, fundas vivac, sacos de dormir con capacidad para resistir temperaturas de hasta -10 cº, pulpos, piquetas y cuerda. Para encender fuego, empacamos cerillas, mecheros y pedernal, imprescindibles para emergencias. Nuestro botiquín estaba preparado para atender casi cualquier urgencia, desde paliar posibles diarreas, curar quemaduras o antigripales. Además, llevamos ropa de abrigo y mudas interiores mínimo para siete días, asi como baterías externas para nuestros dispositivos electrónicos.
El equipo técnico específico no podía faltar: un GPS, una brújula y un mapa de Noruega de 1:100.000. Para cocinar, teníamos un par de hornillos con cuatro bombonas de gas y una cafetera, que David insistió en llevar, argumentando que “el café es más importante que el agua”. Nuestro kit de herramientas básicas, incluía una navaja multiusos, una sierra, un martillo y un hacha, esenciales para cualquier imprevisto. También portábamos alambre, cinta americana, bridas y por supuesto no podía faltar nuestro altavoz para poner música y mantener el ánimo en alto durante el camino.
Ya en la habitación, con las compras hechas y tras realizar la última comprobación de material, cenamos, nos duchamos y nos relajamos conversando sobre este último mes de vacaciones con la familia.
–David ¿fuiste al final con Miriam a Tenerife? ─pregunté
–No, la verdad que tengo algo que contaros… ─respondió David con tono de intriga.
Miguel, siempre directo, reaccionó con rapidez.
–Malas noticias no, por favor si vas a soltar algo malo que sea rápido ─dijo esperando malas noticias.
–No te hagas el interesante que me quiero ir a dormir ─añadí con tono de broma, aunque con algo de impaciencia.
David dejó que pasara un segundo más antes de soltarlo:
–Voy a ser padre.
Durante un momento nos quedamos inmóviles y sin palabras. Saltamos de la cama y los tres nos fundimos en un abrazo.
–Ya se te notaba algo distinto estos días ─dije con cara de listillo, señalándolo con una sonrisa.
–Pues yo me esperaba lo peor, creí que nos ibas a decir que habíais acabado la relación− dijo Miguel soltando una carcajada aliviada.
David, con su característico humor, no dejo escapar la oportunidad.
–Bueno, Héctor ya solo faltas tú para hacernos tíos− dijo frotándose las manos con exageración.
Sonreí al escuchar eso, y David aprovechó para sacar el tema que más le intrigaba:
–La chica de los ojos verdes… ¿Cómo se llamaba?
–Maite− respondí con una mezcla de orgullo y felicidad.
–¿Y cuando la vamos a conocer? ─Pregunto David.
–A la vuelta del viaje la conoceréis, ahora vayamos a descansar, apaga la luz Miguel ─Dije tapándome hasta la cabeza.
Aquella noche marcaba el inicio de algo único, no solo para David, que comenzaba un nuevo capítulo en su vida, sino para los tres, porque esta aventura prometía unirnos aún más.
Al día siguiente tocaba explorar la ciudad de Oslo. Aprovechamos que aún estaríamos en la capital Noruega para conocer algunas de sus maravillas, tantas veces mencionadas en guías de viaje. Madrugamos, o al menos lo intentamos, porque mientras David y yo ya estábamos listos y en camino hacia un bar cercano para desayunar, Miguel seguía en la cama, fiel a su costumbre de apurar hasta el último minuto. No era algo que nos sorprendiera.
Mientras esperábamos a Miguel y el desayuno, volvimos a ver en la televisión del bar la noticia que tanto nos había inquietado el día anterior. Esta vez, David, que no había prestado atención la primera vez, se detuvo intrigado. Volvieron a emitir las mismas imágenes: un colegio en Estados Unidos, hombres con trajes de protección biológica, y un ambiente general de caos que se veía incluso sin entender el idioma. David quedo asombrado y con inquietud de saber más ya que no entendía el que sí era una matanza en un colegio, ¿Qué hacían vestidos con trajes de protección biológica?
–Vaya noticia más extraña, ¿entiendes algo de lo que dicen? ─pregunto David.
–Por lo que puedo entender parece la típica matanza en algún colegio de los Estados Unidos… ─respondí.
–Pero esas personas vestidas con los trajes de protección biológica no deberían estar ahí si fuera un ataque con armas de fuego ─dijo David.
–Voy a buscar más información en Internet ─dijo David mientras sacaba su móvil.
El misterio quedó en el aire mientras esperábamos por que Miguel hiciera su aparición. No había más información disponible, y las imágenes solo aumentaban nuestra curiosidad.
Ya con Miguel en la mesa, nos dispusimos a disfrutar de un desayuno típico noruego, unas rodajas de pan untado con queso fresco, unas lonchas de salmón ahumado, café y zumo de naranja natural. Mientras tanto, David siempre inquieto, no dejaba de buscar cualquier información en internet que pudiera aclarar la misteriosa noticia.
–Bueno, ¿cuál es el plan para mañana? ─pregunto Miguel mientras mordía un trozo de pan.
–Mañana madrugaremos a las 6:00 AM para estar caminando a las 6:30 AM ─respondí mientras saboreaba el zumo natural.
–¿Y la etapa de mañana? ¿Cuántos kilómetros son? ─volvió a preguntar Miguel, con un toque de preocupación.
–Mañana serán treinta y cinco kilómetros ─contesté dejando mi vaso en la mesa.
En ese momento, David alzo la mirada con una expresión de sorpresa, e interrumpió nuestra conversación.
–¡He encontrado un vídeo! es un telediario inglés ─dijo muy sorprendido y poniendo el móvil en el centro de la mesa.
Nos inclinamos hacia la pantalla mientras el vídeo comenzaba a reproducirse. Aunque el inglés no era nuestro fuerte las imágenes y subtítulos explicativos fueron más que suficientes para captar la gravedad del asunto.
En el vídeo se podía entender perfectamente “ataque animal” en New Haven, al norte de Nueva York. Las imágenes mostraban a personas con los trajes de protección biológica mientras prendían fuego con lanzallamas a lo que parecía ser el colegio involucrado en la masacre. Como siempre, las autoridades estadounidenses mantenían poca claridad en los hecho, lo que avivaba aún más la imaginación de David, que le fascinaban todos los supuestos casos de conspiración. Estaba claro que tendríamos a David con este tema en mente durante el resto del día.
Después de un largo día recorriendo Oslo y maravillándonos con su arquitectura y cultura, volvimos al alojamiento. Era nuestra última noche en la ciudad antes de iniciar nuestra aventura por las montañas. Esa noche, aprovechamos para revisar nuestro equipo por última vez y organizar todo lo necesario para el día siguiente. Una vez con todo preparado cada uno se puso en contacto con su familia.
–Hola, princesa. Buenas noches.
–Buenas noches, señorito ¿Qué tal todo por el norte? ─preguntó Maite casi de inmediato.
–Pues la verdad, todo muy bien. David y Miguel, como siempre, discutiendo por tonterías y dando vueltas por la habitación ─le contesté mientras caminaba por la calle para evitar molestar a mis compañeros.
–Seguramente no tendrás cobertura, durante largos periodos tiempo ¿verdad? ─preguntó Maite con algo de preocupación.
– Probablemente no. Si no te escribo será por eso ─le aseguré con cariño.
Maite entendió perfectamente la situación. Era uno de esos momentos que sobraban las palabras.

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