Verano del 2023, un año significativo en el que el mundo finalmente superó una pandemia global. Después de haber pasado seis meses desplegados en el continente africano, repletos de vivencias y aprendizajes, mis compañeros David, Miguel y yo, nos prometimos un viaje juntos. Ese verano, las mascarillas impuestas por los gobiernos para frenar las infecciones del coronavirus (SARS-CoV-2) quedaron atrás, junto con el miedo a los contagios. Por fin, éramos libres de viajar a cualquier rincón del mundo, sin restricciones.
Con la decisión tomada, llevábamos a cabo aquel viaje que tanto habíamos planeado en esas guardias tan largas y tediosas, donde el tiempo parecía detenerse. En esos momentos en los que, entre risas y charlas, resolvíamos los problemas del mundo como si fuéramos sabios de la vida, soñadores y despreocupados.
El viaje del que tanto hablábamos se convirtió en nuestro anhelo. Dedicamos días a debatir que tipo de aventura queríamos emprender. Tras incontables guardias lidiando con el calor sofocante y la presión constante del trabajo, lo que más deseábamos era escapar de la civilización, desconectarnos de todas nuestras responsabilidades y perdernos en la naturaleza. Así nació nuestra idea: desaparecer del mundo, volver al origen y reconectar con lo esencial.
Así que decidimos partir para Oslo, en Noruega, para emprender el Camino de San Olav. Este recorrido consta de 650 kilómetros que conecta las ciudades de Oslo y Trondheim. Este camino, hermano del famoso Camino de Santiago, pero en tierras noruegas, es una ruta de peregrinación desde la edad media. Aunque menos concurrido que su contraparte española, lo recorreríamos en veinticinco jornadas, pasando las noches en tiendas de campaña y avituallándonos de comida y bebida en los pueblos que nos encontraríamos a lo largo del recorrido. Nuestro objetivo era claro: buscar el contacto mínimo con la civilización y reconectar con nosotros mismos.
Muchos se preguntarán, ¿qué de vacaciones tiene caminar durante días por el monte rodeados de insectos y animales peligrosos? La naturaleza tiene un efecto amnésico sobre los problemas, responsabilidades o trabajo, ese efecto crea una sensación de libertad que casi nada en este mundo lo iguala. Queríamos alejarnos de todo lo conocido y redescubrir la libertad en su forma más pura, y que mejor manera que viajar a Noruega.
Tras nuestro regreso de África y después de un mes de permiso disfrutando de los hijos, parejas y las pequeñas cosas cotidianas que a menudo se pasan por alto, como abrir la nevera para escoger lo que te apetezca, descansar en tu cama, disfrutar de un baño relajante o pasar una tarde completa en el sofá, son cosas simples que, desplegados en el extranjero olvidamos su verdadero valor.
3 de Julio, 2023. Aeropuerto de Santiago de Compostela 10:30 AM.

Aquella mañana, David y yo estábamos esperando como siempre… a Miguel, que fiel a su costumbre, nunca es puntual. Jamás he conocido a alguien tan tranquilo y despreocupado como él. Conocí a Miguel hace 15 años en el ejército, y juntos hemos vivido mil y una situaciones, momentos de peligro, cansancio extremo, pero también de alegría y camaradería. Si alguien lo conoce, soy yo.
Miguel es tranquilo, despreocupado, pero a la vez es un hombre muy creativo e inteligente. Su personalidad es única, moreno de pelo, muy blanquito de piel y con una barba descuidada de una semana que combina perfectamente con su cabello negro y algo rebelde. Siempre tiene esa energía tranquila que contagia calma, pero también una fortaleza indiscutible que admirado desde el primer día que lo conocí. Aunque es el mayor de nosotros, con 44 años, Miguel conserva un espíritu joven. Es padre de familia y tiene dos hijos pequeños, de cinco y siete años, a los que adora.
Ahí viene Miguel, con ese andar tan característico que lo define, como si estuviera perdido, observando todo a su alrededor con curiosidad, deteniéndose en cualquier cosa que capte su atención. Y, claro, al final termina siendo todo.
– Buenos días, caballeros ─dijo Miguel mientras se sentaba junto a nosotros.
– Tú siempre igual, llegando tarde ─ dijo David con tono crítico.
– ¿Y a ti que te importa? si total tienes que esperar por el avión ─ replicó Miguel con cara de enfadado.
– No empecéis a discutir desde el primer minuto de las vacaciones, por favor. Siempre hacéis lo mismo, y yo solo quiero pasar unos días tranquilos. ─intervine con tono conciliador.
La verdad es que estos dos pasaban la vida discutiendo, aunque, en el fondo, se querían como hermanos. Esa dinámica siempre me hacía reír, aunque a veces me preguntaba como podían llevarse tan bien siendo tan distintos.
– ¿Traéis todo? ─preguntó David mientras abría su cartera y comprobaba, por décima vez, que tenía el pasaporte.
David era lo opuesto a Miguel. El más alto de los tres, con el cabello muy corto y moreno. Su energía parecía inagotable, siempre hiperactivo e impulsivo. Sin embargo, lo que admiraba de él era su sinceridad, esa capacidad de decir siempre lo que piensa sin titubeos, sin importar la situación. Era su mejor cualidad y, a veces, también su mayor defecto. Con 42 años, David estaba casado con Miriam desde hacía 12 años, y juntos tenían una vida estable.
Entre Miguel y David se formaba una mezcla de personalidades que, de alguna manera, siempre lograban funcionar. Pronto, a lo largo de estas páginas, conoceréis más de estos dos grandes amigos y las aventuras que compartimos juntos.
Y luego estoy yo, Héctor, el narrador de esta historia y el tercer integrante de este peculiar trío. Podría decirse que soy el equilibrio entre las dos fuerzas opuestas que representan David y Miguel. No tan impulsivo como el primero ni tan relajado como el segundo, suelo ser quien trata de mantener las cosas bajo control cuando los demás se dejan llevar por sus personalidades. Tengo 36 años, y hace 1 año que comparto mi vida con Maite, ella es sin duda, la luz que ilumina mis días. Sus ojos verdes, llenos de vida, parecen tener la capacidad de calmar cualquier tormenta, como si pudiera ver directamente a mi alma. Maite tiene una sonrisa que contagia alegría y una forma de ser tan espontanea que hace que todo sea más sencillo a su lado.
A menudo me preguntan por qué decidí embarcarme en esta aventura con David y Miguel en lugar de pasar más tiempo con ella, y mi respuesta siempre es la misma: Maite entiende lo importante que son para mi estos dos compañeros de vida. Ella siempre me apoya, incluso cuando mis planes parecen un poco descabellados, es una mujer increíble, alguien que siempre sabe cuando darme mi espacio y cuándo acercarse para ofrecerme su apoyo.
Conmigo, la dinámica del grupo siempre resulta interesante. Aunque suelo ser más reflexivo y organizado que mis amigos, no me escapo de sus bromas ni de sus discusiones. De alguna manera, siento que completamos un triángulo perfecto, Miguel con su calma, David con su energía inagotable, y yo como la voz de la razón…al menos la mayor parte del tiempo. Entre los tres, formamos un equipo peculiar, lleno de contrastes, pero con un objetivo común; disfrutar de esta aventura al máximo y llevarnos recuerdos que atesoraremos para siempre.

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